Cuando en las facultades nos enseñaron a practicar el oficio del periodismo con honestidad, se nos mostraba como ejemplo a Kapuscinski y a Alex Grijelmo. Con el primero te dabas contra la pared al llegar a una redacción, porque sus enseñanzas funcionaban muy bien para imprimir en un póster que quedaría muy motivador en la redacción o impreso en una taza. Con Grijelmo aprendimos a escribir. Como manual a consultar siempre será el mejor. Pero solo la calle y la moqueta de la redacción nos enseñan la mayor de las enseñanzas: solo el paso del tiempo nos demuestra la suerte que tuvimos de trabajar al lado de aquellos profesionales que nos enseñaron a escribir, a preguntar y a sobrevivir en este oficio con decálogos no escritos.
Sobre el estilo de Fernando Ónega no se nos instruyó en la facultad. Los hubo afortunados que pudieron aprender a su lado de la mejor forma posible, que es aquella que no se nota. El resto lo hicimos al escucharle cada mañana a las 7:20 h. De cada minuto y medio de esa comunicación brotó una palabra, hoy mal vista: independencia.
Los críticos, que están en todas partes, y que deben estarlo también, le tacharían de traicionar su propia ideología. ¿Qué mayor ideología existe que la de no traicionar a la verdad? Busquen analistas que hayan iniciado su carrera en el diario del Movimiento Arriba, que fueran columnistas de Pueblo, director de informativos de la Cadena Ser y de la Cadena Cope, director general de Onda Cero, TVE y Telecinco. Hoy a ese tertuliano se le llama moderadito. Fernando Ónega no era ni facha ni indepe, ni de derechas ni de izquierdas. Simplemente, era periodista.
No es casualidad que Adolfo Suárez se interesara por su valía para que se convirtiera en la voz escrita de sus palabras. Pero la clave del asesor entonces no era la de emocionar, ni crispar, y mucho menos el ya tan manido término polarizar. Entonces, la sociedad civil buscaba hechos. La clase política ansiaba transmitir credibilidad para lograrlos. El 13 de junio de 1977, Adolfo Suárez tenía una gran aspiración: que la gente le creyera. Los servicios del Gobierno habían observado un problema de credibilidad en el presidente, y este debía convencer a través del lema “UCD cumple” que ayudaría a levantar una Constitución acordada por todos. Adolfo Suárez confía en ese periodista del diario Arriba, quizás movido por la honestidad verbal del periodista que confiesa en el pódcast de la APM Maestros del Periodismo que empezó entrevistando a sus profesores, no sabe si por motivaciones periodísticas o para aprobar. Él sospechaba de lo segundo. Todos los demás nos orientamos a pensar en la primera hipótesis.
De esa honestidad brota el discurso “Puedo prometer y prometo”. Pero también otros tantos discursos de los que surgen sinónimos de reparación civil que brillan hoy por su deleite nostálgico democrático. Sirva como ejemplo el escrito en 1976, en el que pide realismo político: “vamos a quitarle dramatismo a nuestra política: vamos a elevar a la categoría política de normal lo que a nivel de calle es simplemente normal”.
Le confiesa el colaborador de Suárez Aurelio Delgado a Fernando Ónega, explicado en su libro Puedo prometer y prometo, que él aporta la ingenuidad que no había en el aparato administrativo del Estado. Quizás no supo encontrar la palabra que hoy calificaríamos como la mencionada en el anterior extracto elegido: normalidad. En un encuentro que esta cronista mantuvo con el periodista en julio de 2021, le explicó que, en calidad de director de prensa y portavoz de la Presidencia del Gobierno, había que contar todos los días que no hacía falta ninguna estrategia. Tan solo que la gente supiera lo que estaba pasando y que fuera testigo. En su editorial El Péndulo del diario Arriba renegaba de los pactos secretos. Hoy, sin embargo, conocemos las migas de esas alianzas. Y quizás nunca el verdadero trasfondo de estas.
Entendido el consenso como normalidad, más que como necesidad, este término formó parte del argumentario de Adolfo Suárez. Y, por tanto, o en connivencia con el presidente, del propio de Fernando Ónega. Ambos entendieron que, aunque el contenido de la memoria varía de un sujeto a otro, existe una memoria dominante que solo se encuentra en el poder de los medios de comunicación. A nosotros nos lo enseñaron en la facultad como Cuarto Poder. Fernando Ónega nos lo matizó de forma diaria con una virtud necesaria: ser uno mismo. Sin barnices.
