Cuba atraviesa una de las crisis más profundas de su historia reciente. Lo que durante años fue un deterioro progresivo se ha convertido, en los últimos meses, en un colapso cada vez más visible que afecta a todos los ámbitos de la vida. Bajo el sistema de partido único del Partido Comunista de Cuba, liderado por Miguel Díaz-Canel, la isla vive una combinación de crisis económica, energética y social que muchos comparan con los peores momentos tras la caída de la Unión Soviética (1991), aunque con características propias. Esta vez, el desgaste no es solo material: es también estructural y moral.
La esperanza en la crisis
Es, precisamente, en ese terreno donde emergen iniciativas que, aunque menos visibles, resultan fundamentales para entender el presente y el futuro de Cuba. Frente al colapso material, existe una forma de resistencia cívica e intelectual que busca reconstruir el tejido social desde dentro. En ese contexto destacan figuras como Dagoberto Valdés Hernández y Yoandy Izquierdo Toledo, pertenecientes a generaciones distintas, pero unidas por un mismo propósito: pensar y construir una Cuba diferente. Mirada 21 ha hablado con ellos sobre cómo, tanto fuera como dentro de la isla, existen numerosas personas que, con su determinación, están dispuestas a darlo todo por cambiar la situación.
La trayectoria de Dagoberto Valdés es, en muchos sentidos, un reflejo de las tensiones del país. Discriminado por su fe en su juventud, expulsado de su trabajo en los años 90 y relegado durante años, su respuesta no fue el silencio, sino la creación de espacios de pensamiento. A través de la revista Vitral y, posteriormente, con nuevas iniciativas, ha defendido durante décadas la necesidad de una sociedad civil activa y formada. “Creo que la mayoría de los cubanos de la isla y de la diáspora eso es lo que queremos: cambio, paz y progreso”, afirma.
«Creo que la mayoría de los cubanos de la isla y de la diáspora eso es lo que queremos: Cambio, paz y progreso», afirma Dagoberto Valdés
Yoandy Izquierdo representa a una generación más joven, altamente formada y comprometida con el futuro del país. Su perfil, que combina la formación científica con la reflexión humanística y la acción cívica, muestra una alternativa al relato dominante de la emigración como única salida. En lugar de desvincularse, ha optado por implicarse en proyectos colectivos orientados a la transformación social. Esta solo puede darse a través de un pilar básico en una democracia: la educación. “Es una realidad, reconocida por todos, la existencia en Cuba de un analfabetismo cívico y político, así como de una crisis de los valores y las virtudes morales en la sociedad actual. Se hace necesario no solo reconocerlo y lamentarlo, sino ponerle remedio efectivo con la educación, el único medio adecuado“, señala.
Ambos se juntan en el Centro de Estudios Convivencia, un espacio singular dentro del panorama cubano contemporáneo. Este think-tank funciona como un laboratorio de ideas que reúne a cubanos de dentro y fuera de la isla, integrando diferentes sensibilidades políticas, filosóficas y generacionales. A través de encuentros anuales y procesos de trabajo colaborativo, elabora propuestas concretas para el futuro del país en ámbitos como la economía, la educación, la gobernanza o la transición política. “Algunos lo comparan con el arca de Noé, y otros lo consideran una prefigura de lo que será el futuro parlamento cubano”, explican, en referencia a su carácter plural y representativo.
«Algunos lo comparan con el Arca de Noé, y otros lo consideran una prefigura de lo que será el futuro parlamento cubano», comentan Dagoberto Valdés y Yoandy Izquierdo
Lo que distingue a este proyecto es su enfoque constructivo. No solo se centra únicamente en la denuncia, sino que trabaja en la elaboración de escenarios y propuestas para una eventual transición. Sus informes abordan cuestiones clave, como el marco jurídico, la lucha contra la corrupción, la reconstrucción institucional o la reconciliación nacional. Se trata, en definitiva, de anticipar el futuro en un contexto en el que el presente parece bloqueado.
Un sistema estructuralmente hundido
El síntoma más evidente de la situación que vive Cuba es la crisis energética. Los apagones, que en algunas zonas superan las 12 horas diarias, han dejado de ser una excepción para convertirse en rutina. La falta de electricidad paraliza la vida cotidiana: dificulta la conservación de alimentos, interrumpe el acceso al agua potable, bloquea la actividad económica y limita incluso la comunicación. Pero más allá de lo material, los cortes constantes generan una sensación de parálisis y agotamiento colectivo que atraviesa a toda la sociedad.
A esta crisis se suma una escasez estructural de alimentos, medicinas y productos básicos. Según el informe de Human Rights Watch de 2025, en el país se registran miles de denuncias diarias de falta de comida, atención médica y de condiciones de vida inhumanas. Cuba depende en gran medida de las importaciones, pero carece de las divisas necesarias para sostener ese modelo. El resultado es una economía de supervivencia en la que las colas interminables, el mercado informal y la dependencia de remesas forman parte del día a día.
«El miedo disminuye, la paciencia se agota, las protestas crecen y se hacen sistemáticas y reiteradas, y la certeza de que ‘a esto no le puede quedar mucho’ se extiende y se expresa a todo lo ancho y largo de la Isla», comentan ambos investigadores
El impacto social de esta crisis es igualmente profundo. La emigración masiva de los últimos años ha transformado la estructura demográfica del país. Según la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza Americana (CBP), más de 850.000 migrantes procedentes de la isla han llegado a Estados Unidos desde 2022. Familias separadas, comunidades envejecidas y una constante pérdida de capital humano definen el panorama actual. La pregunta que recorre la isla ya no es solo por qué se va la gente, sino quién se queda y con qué expectativas de futuro. Tanto Dagoberto Valdés como Yoandy Izquierdo coinciden en que la mentalidad está empezando a cambiar: “El miedo disminuye, la paciencia se agota, las protestas crecen y se hacen sistemáticas, y la certeza de que ‘a esto no le puede quedar mucho’ se extiende a todo lo largo y ancho de la isla”.
En el plano internacional, la situación tampoco ofrece alivio. Las tensiones con Estados Unidos continúan condicionando la economía cubana, mientras la reducción del apoyo de aliados tradicionales, como Venezuela, ha agravado la crisis energética. Este escenario deja al país en una posición de gran vulnerabilidad, con escaso margen de maniobra a corto plazo. Sin embargo, limitar el análisis a factores externos sería simplificar en exceso una realidad marcada también por problemas estructurales internos, como la centralización económica, la falta de libertades y la debilidad de la sociedad civil.
