Cambiar la mirada para dejar los prejuicios y descubrir a cada persona

- ESPÍRITU - 7 de mayo de 2026
Pexels: Alexander Mass

Las experiencias más transformadoras comienzan con un paso fuera de la rutina, pero son las personas que uno encuentra en ese camino las que realmente lo cambian todo. El voluntariado con personas con discapacidad rompe prejuicios. No solo con las ideas preconcebidas, sino que también enfrenta a cada persona consigo misma y la prepara para un mundo más humano.

Es en ese momento, cuando ya no se trata únicamente de ayudar, sino de cambiar la mirada y conectar desde la cercanía y el respeto. Asimismo, aparecen ciertas dudas sobre cómo comportarse, además del miedo a no estar a la altura, e incluso a no conseguir aportar lo suficiente. Sin embargo, frente a esto, se crea algo mucho más importante: la oportunidad de descubrir a las personas más allá de cualquier esquema mental previo. Y es ahí, en ese contacto directo, donde empieza una comprensión más profunda y real.

“Al final, lo más irrelevante de ellos era su discapacidad, cada persona tenía tanta personalidad y era tan especial que era lo último que resaltaba a medida que les iba conociendo”, expone Layla.

Experiencias transformadoras

Pablo es un joven que ha realizado prácticas sociales este curso en Avanza, un programa que se centra en iniciativas de inclusión social y laboral para personas con discapacidad. Durante estos meses, vivió una experiencia que transformó por completo el objetivo inicial que le impulsaba a hacer voluntariados. “La verdad es que iba con el pensamiento de qué podía hacer yo para ayudar a estas personas, sin embargo, poco a poco me fui dando cuenta de que no era solo eso”, resalta.

Las prácticas de Pablo se dividían en dos partes. Primero se dedicaba a ayudar a los chicos en sus deberes académicos, aunque en alguna ocasión acabaron enseñándole a él novedades, sobre todo en el ámbito de la tecnología. Tras estudiar, Pablo y el grupo realizaban actividades divertidas que creaban más unión entre ellos, como, por ejemplo, hacer deporte, jugar a las cartas o, simplemente, hablar. Poco a poco, Pablo fue construyendo un lazo de amistad con los chicos y se dio cuenta de que la relación era muy distinta a como había imaginado en el inicio. “No era un trato diferente, hablábamos de todo y empezamos a conocernos de verdad”, afirma.

Pablo asegura que las prácticas le han ayudado a formarse como persona. En el comienzo, él iba con la mentalidad de pensar qué es lo que podía aportar. Con el tiempo, fue descubriendo que no se trataba solo de eso, sino de estar y conocer: “He aprendido mucho de ellos y los he conocido. Creo que es lo mejor de estas prácticas y lo que más me llevo”.

“He aprendido mucho de ellos y los he conocido. Creo que es lo mejor de estas prácticas y lo que más me llevo”, dice Pablo

Salvador fue otro joven que estuvo en las mismas prácticas sociales que Pablo, pero tuvo una experiencia bastante diferente. En el inicio, iba solo y con miedo, nunca había realizado ningún voluntariado antes e iba a ciegas completamente. Sin embargo, le asignaron un chico simpático y amable que se lo hizo más fácil. A lo largo de los meses, Salvador fue viendo que el chico no socializaba con gente y las horas se le hacían muy repetitivas. “Todas las semanas terminaba siendo lo mismo, veíamos partidas de FIFA o me contaba sus conciertos”, explica.

Sin embargo, llegó un día que todo cambió, una simple frase hizo que Salvador cambiara completamente su forma de ver y vivir las prácticas. “Una mañana, me dice: ‘Siempre espero que llegue los miércoles para estar contigo’. Ahí me di cuenta de que no iba para llenar unas horas, sino para llenar a alguien”, dice. A partir de ese momento, Salvador empezó a valorar y disfrutar de forma más profunda la oportunidad que se le ofrecía al realizar las prácticas en Avanza.

“Ahí me di cuenta de que no iba para llenar unas horas, sino para llenar a alguien”, dice Salvador

Layla también experimentó un cambio de mirada al realizar prácticas sociales, en la Fundación Inclusive, con personas adultas con discapacidad. Explica que a menudo se piensa que todas las personas con discapacidad necesitan lo mismo o que hay que tratarlas de forma uniforme, pero que, en realidad, cada una tiene capacidades y atenciones muy distintas. De este modo, Layla asegura que “se suele infantilizar muchísimo a los adultos con discapacidad, y no son niños”. Esto supone limitar su dignidad y su autonomía. Frente a esto, Layla cuenta que es necesario acompañar desde una mirada de adulto a adulto para que haya una inclusión de forma real en la sociedad.

El primer contacto para Layla fue revelador. Lo que más le impactó no fue la propia discapacidad, sino la diversidad de la personalidad de cada persona con la que estuvo. En un mismo grupo, cada individuo era completamente distinto, con talentos, intereses y formas de ser únicas, hasta el punto de que la discapacidad pasa a un segundo plano. “Al final, lo más irrelevante de ellos era su discapacidad, cada persona tenía tanta personalidad y era tan especial que era lo último que resaltaba a medida que les iba conociendo”, expone Layla.

A Layla, la experiencia le dejó un aprendizaje profundo a nivel humano. Ella cuenta cómo uno de los prejuicios más extendidos es sentir pena o asumir que estas personas viven tristes, cuando la realidad es muy distinta. “Ver cómo hay personas que se levantan cada día y quieren ser mejores para superarse y combatir la condición que no les deja realizar sus sueños yo creo que es una lección para todos”, dice. Layla asegura que este tipo de vivencias invitan a replantearse muchas cosas y a valorar más las propias oportunidades de cada uno.

Una mirada desde siempre

María es otra joven que ha vivido toda su vida con una persona con discapacidad intelectual dentro de su familia. Su tío Diego y ella tienen una relación muy cercana, llena de confianza y bromas. “Lo que más me gusta de pasar tiempo con él es que es muy inocente y suelta las cosas sin filtro, tanto las buenas como las malas, es muy divertido”, cuenta. Además, explica cómo su familia se ajusta desde siempre a las necesidades y el cuidado que requiere, pero lo hacen con normalidad. María cuenta que es adulto, pero su condición le hace ser un poco infantil. De este modo, acciones como comprarle coches que le hacen ilusión e ir al cine con él son pequeños detalles que le hacen feliz.

“Lo que más me gusta de pasar tiempo con él es que es muy inocente y suelta las cosas sin filtro, tanto las buenas como las malas, es muy divertido”, dice María

La comunicación es más complicada. Diego no mantiene conversaciones del todo coherentes porque tiene dificultades en el habla. María afirma que aunque su tío no sepa vocalizar bien entiende todo perfectamente, y toda su familia y sus amigos más cercanos entienden su idioma a la perfección. Al final, uno se acostumbra a entenderle, y la comunicación acaba siendo como todas. Por ejemplo, Diego utiliza el móvil sin problema, las fotos, los audios y las llamadas son diferentes formas que usa para establecer conexión.

María también explica que hay momentos más difíciles en los que las conversaciones se pueden hacer un poco tediosas. De esta forma, hay veces que puede ser difícil acostumbrarse a interrupciones en la conversación o a que repita las cosas constantemente. “Al final, es hacer el pequeño esfuerzo de decir: ‘Tengo que escucharle’, porque sé que quiere ser escuchado”, cuenta.

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