Eloísa del Pino: “No sé qué tiene el CSIC, que te roba el corazón”

- ACTUALIDAD - 24 de febrero de 2026
Eloísa del Pino Matute, actual presienta del CSIC, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (Foto: csic.es)
Eloísa del Pino Matute, actual presienta del CSIC, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (Foto: csic.es)

Hablar de Eloísa del Pino Matute es referirse a una figura fundamental en la ciencia española contemporánea. Desde 2022, ocupa el cargo de presidenta del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), y su carrera como politóloga e investigadora se ha centrado en las políticas públicas y la administración institucional. Al frente de esta institución, está liderando una etapa de transformación en la ciencia, que se entiende no solo como la producción de conocimiento, sino también como un compromiso real con la sociedad.

Si tuviese que definir su misión al frente del CSIC, en una sola frase, ¿cuál sería?

Acelerar la producción de conocimiento que desafíe las fronteras de lo explorado, garantizando que todo el personal que trabaja al servicio de la institución considere que este es el mejor lugar donde trabajar.

¿Qué objetivos tiene la ciencia para este 2026?

Es difícil decir un objetivo disciplinar de cada uno de los ámbitos, puesto que nos dedicamos a todas las áreas del conocimiento humano. Pero diría que el principal es acelerar la producción de conocimiento básico y aplicado. La ciencia básica que nos permita conocer aspectos de la humanidad y del plantea que aún son desconocidos, incluso los que no somos conscientes de su desconocimiento. Hay que realizar esa aceleración en la producción porque si no, otros países nos van a tomar la delantera con el uso de la Inteligencia Artificial, tenemos que estar a la última. Hay que formar a todo el personal para que la IA nos ayude a producir más y mejor.

Además de ello, también considero como objetivo avanzar en áreas que tienen que ver con la transición verde, desde un punto de vista tanto de la biodiversidad como económico. También el tema de la salud, que para nosotros es central. Añadiría la digitalización, la alimentación y, para mí, que soy de ciencias sociales, garantizar la estabilidad y la calidad de nuestras democracias.

Desde que asumió la presidencia del CSIC en el año 2022, ¿cuál considera que ha sido su principal logro hasta el momento y, en contraposición, el mayor obstáculo?

Muy difícil responder a esta pregunta porque hemos hecho muchísimas cosas, hemos puesto en marcha más de 300 proyectos. Unos han sido muy exitosos, destacando el plan Max, en el que se han tratado de fortalecer los 124 centros que tiene el CSIC en todo el territorio nacional. Por tanto, uno de mis principales objetivos durante este tiempo ha sido descentralizar la institución y hacer que nuestros centros puedan tomar más iniciativa. Llevamos tres años con este proceso del plan Max y yo creo que está siendo muy exitoso. Creo que este es nuestro gran logro, no desde luego mío tan solo, sino desde el equipo.

Otro gran objetivo del equipo era la internacionalización de la institución, donde creo que hemos pegado un salto grandísimo: con más de 400 convenios firmados con instituciones científicas de todo el mundo.

Quizás el asunto en el que menos hemos podido avanzar es en la simplificación administrativa. Este tema no es una cosa menor, al contrario, es importantísimo, pues hace que tengamos más o menos capacidad de innovar y reducir el tiempo que los investigadores dedican a la burocracia. Cierto es que manejamos capital, tanto público como privado, y debemos ser muy austeros y responsables con el dinero, y la burocracia también protege la responsabilidad.

Teniendo en cuenta los presidentes previos a usted, como Rosa Menéndez (química) o Emilio Lora-Tamayo (físico), o sus predecesores entre los que hay biólogos o astrofísicos, ¿cómo cree que su formación en ciencias sociales y jurídicas le aporta una visión distinta al frente del CSIC?

Yo creo que todos los presidentes pusieron el máximo de su esfuerzo para que la institución esté por encima de todos nosotros. No sé qué tiene el CSIC, que te roba el corazón. Pienso que todos compartimos el sentimiento de que las personas pasamos y la institución siempre estará aquí. Una persona como yo, con el perfil de ciencias sociales, que soy politóloga y he trabajado toda la vida en temas vinculados a la reforma del Estado, aporta a la institución un entendimiento de cómo funcionan las organizaciones públicas y cómo gestionarlas, es algo que me viene un poco de serie. Sin embargo, también me ha ofrecido la oportunidad espectacular de entender mejor las ciencias naturales y ver lo que se trabaja en España en expandir las fronteras del conocimiento en esas áreas. Para mí, el CSIC es igual que para un biomédico ir al mejor laboratorio del mundo, es el mejor sitio donde trabajar.

Quiero decir también que Rosa Menéndez fue la primera mujer en presidir el CSIC, ella también me abrió camino a mí. Tengo estas dos peculiaridades: el ser mujer y ser la única que viene del ámbito de las ciencias sociales.

Usted ha dicho que en España la inversión en Investigación y Desarrollo (I + D) está por encima de la que nunca se ha tenido, pero aun así existe un desequilibrio entre inversión pública y privada. ¿Cómo planea el CSIC atraer la financiación privada o facilitar la colaboración público-privada sin comprometer la independencia investigadora?

España está ahora mismo en el mejor momento de su historia en términos de inversión en ciencia. Hemos llegado por primera vez en la historia al 1,5 % del PIB. Nos falta mucho aún, pero estamos en el camino, por primera vez. Ha habido años consecutivos en que la inversión en ciencia ha mejorado. Sigue faltando una mayor inversión del sector público en ciencia, aunque también se debería hacer un esfuerzo en el sector privado. Hay que generar las condiciones para que el sector privado confíe y ponga capital. La inversión en I + D está correlacionada con mayor bienestar y resiliencia y productividad económica.

Hemos creado la cuarta vicepresidencia del CSIC, en Innovación y Transferencia a través de la que estamos trabajando muy estrechamente con el sector privado. También tenemos el programa Cicerón, que tomé referencia de la Universidad de Harvard para realizarlo, en el que elegimos seis proyectos que tenga el CSIC en un área y traemos a empresas, tanto públicas como privadas, durante un día al CSIC para explicarles el proyecto.

Dado que España es beneficiaria de los fondos europeos Next Generation EU, el CSIC figura como entidad ejecutora del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia (PRTR), ya que se está tratando el tema de la financiación, más concretamente de origen público, ¿de qué manera se refleja el aporte económico de este plan dentro del CSIC?

Los fondos europeos han sido una idea maravillosa para salir de una crisis de una manera muy distinta a cómo se salió de la anterior. En la crisis que inició en el año 2008, se tuvo como receta la austeridad, reduciendo tanto la inversión que una de las vicepresidencias del CSIC, la de Internacionalización, se suprimió. En esta última crisis, la Unión Europea y el Gobierno de España han tomado la decisión de invertir en sectores productivos con futuro.

Una parte muy relevante de los fondos Next Generation, en España, se ha destinado a ciencia. En este caso, nuestro país ha sido el segundo que más fondos ha dedicado a la ciencia, por lo que, en gran parte, ha incrementado su inversión en el PIB. Muchos de esos fondos han llegado al CSIC, donde los hemos concretado en diferentes ámbitos. Unos 60 millones de euros, que han sido absolutamente claves, se han destinado a instalar inteligencia artificial en todas las áreas científicas; hemos traído a expertos pre-doc y post-doctorales para entender cómo la neurociencia, las humanidades, la biomedicina… deben utilizar la inteligencia artificial.

Entre algunos de los proyectos, también hemos fortalecido todos nuestros sistemas TIC y de ciberseguridad. También hemos inaugurado un laboratorio en Barcelona, llamado Labora, que reproduce la casa de una persona que está llena de robots asistenciales, que poseen psicomotricidad fina y sensores para realizar las tareas cotidianas ayudando al humano. Además, se ha inaugurado en Móstoles (Madrid) una planta que aprovecha los residuos de la industria alimentaria para generar celulosa y otros productos que a su vez pueden ser reutilizados en fabricaciones posteriores. Como ves, estos fondos para nosotros han sido absolutamente clave.

El CSIC forma parte del G6 europeo de la ciencia y ostentó usted el cargo de coordinadora el año pasado. ¿Cuáles son los ámbitos estratégicos en los que el CSIC quiere liderar en Europa durante los próximos cinco años?

El CSIC es la primera institución de ciencia en España, la tercera pública de la Unión Europea y la sexta del mundo. Pertenecemos a varios clubs de instituciones científicas. En el caso de Europa, somos parte de este G6 que está formado por tres instituciones alemanas, una italiana, una francesa y nosotros. Como bien has dicho, en el año 2025 yo he sido la coordinadora, aunque en el 2026 lo es Max Planck Society (Alemania). En esta organización de diferentes instituciones debatimos principalmente sobre dos asuntos: intercambiamos información sobre lo que está haciendo cada centro y hablamos de política científica.

Uno de los temas que nos mantiene preocupados desde hace años es la libertad de los científicos, es decir, hasta qué punto deben hacer solo lo que se les marca desde instituciones terceras o deben tener cierta libertad para investigar en lo que saben, contribuyendo a eliminar la laguna del conocimiento que tiene la sociedad. El debate está en equilibrar la libertad científica con tratar de ser responsable con el dinero ciudadano, puesto que vivimos en una democracia y el ciudadano es quien financia la ciencia.

Desde su formación en política pública, ¿de qué manera valora usted la relación actual entre la ciencia y la política en España? ¿Cree que existe el riesgo de “negacionismos científicos” con base política?

Tenemos algunos casos de negacionismo, desgraciadamente, en nuestro país. No son tan importantes como sucede en otros países, como por ejemplo cuando vimos durante la pandemia al expresidente Bolsonaro (Brasil) o a Trump (Estados Unidos). No es ningún juicio de valor, puesto que todo el planeta les hemos visto dando señales de cómo tratar la covid que estaban muy lejos de lo dicho por los científicos. En el caso de España, también ha habido casos de líderes políticos que son negacionistas del cambio climático, que ponen en duda la eficacia de las vacunas… Es difícil creer que lo hagan porque lo crean de verdad, yo creo que saben que no es cierto, porque todos ellos tienen asesores que les pueden presentar evidencias científicas aplastantes. Nadie en su sano juicio puede afirmar que estos negacionismos surgen por la desinformación, realmente están mintiendo.

El problema del negacionismo científico de los políticos es que sabemos empíricamente, mediante las ciencias sociales, que aquel político que presenta negacionismos tiene un impacto enorme en la ciudadanía. No es que cualquier persona que va por la calle niegue, por ejemplo, el cambio climático, lo está negando una persona que tiene un altavoz público. De esta manera, influye en aquellas personas que quizás no se han molestado mucho en leer sobre el tema, no se han puesto a pensarlo, teniendo cierta capacidad de influir en esa parte de la ciudadanía.

Lo que hacemos en el CSIC es que cada año desarrollamos unas 15.000 actividades de cultura científica y ciencia ciudadana a lo largo de todo el territorio nacional. Nos enfocamos en las localidades más pequeñas y los barrios más desfavorecidos porque a esas personas les es más difícil acceder a determinada información. Esta es la manera en la que nosotros debemos contribuir a evitar el negacionismo, y también siendo empáticos. Tenemos que ser empáticos y no estar en esa torre de marfil pontificando.

 

Comments are closed.