Una pequeña región en el estado de Guerrero (México) es conocida por su paisaje compuesto por arrecifes de coral, mercados locales artesanales y hoteles de lujo frente a la costa azul del Pacífico… y, también, mirando hacia el interior, por las miles de casuchas autoconstruidas a retazos en las que viven la mayoría de sus habitantes; techos de metal sujetos a vigas y paredes de madera, alzadas sobre el terreno irregular del Cerro del Almacén.
Este lugar, conocido bajo el nombre de Zihuatanejo, concentra uno de los mayores flujos turísticos de la zona, superando el millón de visitantes anuales. Y también, una pobreza del 45,8% de la población.
Ixtapa, la zona hotelera de la región, cuenta con numerosos resorts elevados sobre la playa, que apenas dan abasto para el gran número de turistas que acuden al lugar. Entre todos ellos, destaca Pacífica Ixtapa Resort: un conjunto de 150 villas de alquiler, de cuatro estrellas, que se eleva integrado en el cerro del extremo norte de la playa de El Palmar. El complejo era un sueño que parecía no terminar de completarse.
Y detrás de ese sueño se encuentra su director, Jorge Ocaranza, quien un día, hace 25 años, se dirigía tranquilo hacia el mercado del pueblo, sin saber que lo que vería esa mañana le cambiaría por completo la vida. Se trataba de una idea que pondría fin a ese sueño incesante: un sentido, un propósito más allá de servir y atender a los huéspedes, que hoy, ya es una realidad.
Lo que surgió aquel día como un deseo –de dar a esos niños que recogían la basura en el mercado, la oportunidad de ser más– se ha convertido en una casa de sueños. Una casa para aprender, una casa para poder aspirar a algo más que al conformismo.
Una casita para niños.
Historia de Jorge
Nacido en México, en el seno de una familia de médicos, Jorge Ocaranza afirma haber aprendido lo que era el servicio incluso antes de empezar a andar. Sus padres, profesionales reconocidos, vivían bajo la vocación constante del cuidado, tanto en el ámbito profesional como en el personal. Educaron a sus hijos en un contacto permanente con la realidad más precaria del país, por lo que, un domingo al mes, sin falta, viajaban hasta los dispensarios de extrema pobreza a las afueras, donde pasaban el día ayudando a construir casas, a medir y pesar medicinas, y a repartir alimentos.
También en su día a día veía muestras constantes de las diferencias a las que muchos eran ajenos: recuerda una invitación a la casa de un amiguito del colegio, que resultó ser un humilde jacal; compañeros que estudiaban el doble al tener que traducir todo el material del inglés al español, y otros que ni siquiera podían estudiar por no poder pagar el transporte.
Ante estas situaciones, gracias al ejemplo de sus padres y a su propia inquietud, vivió su adolescencia y juventud como Scout y misionero, guiado siempre por esa conciencia de la importancia de aprender –y, sobre todo, de soñar– de la que nacería años después la idea de Casa para Niños.
Mientras, Jorge Ocaranza seguía creciendo. A pesar de querer estudiar Medicina acabó en el sector hotelero por azares del destino, pero lejos de perder las ganas de servir, dotó a su trabajo de un sentido trascendental. Para él, Pacífica no es solo un resort, sino un lugar al que las familias llegan a sanar, pues entiende que la vida tiene tres objetivos finales; crecer, sanar y trascender. Tener un por qué –o un para qué– no es un lujo, sino una necesidad, sin él, las personas son un barco a la deriva que se esfuerza por navegar sin sentido. “La pregunta para muchos es: ¿cuál es el propósito de tu vida? Sin él, solo le das para adelante sin saber a dónde vas”, destaca Ocaranza.
“La pregunta para muchos es: ¿cuál es el propósito de tu vida? Sin él, solo le das para adelante sin saber a dónde vas.”
Jorge asegura que muchos empresarios le han fallado al país al cerrar los ojos frente a la desigualdad; la realidad de que el esfuerzo de uno debe ser el doble que el del otro por puro azar de nacimiento. Al creer que merecen más que otro, se genera esa «distracción» propia del ascenso económico, que facilita el ensimismamiento y la pérdida de perspectiva. Ocaranza repite que nada de lo que se acumula es realmente propio; es “prestado”. El éxito no es un trofeo, es un encargo para gestionar talentos y dones en favor de los demás.
Por eso, visitar las casas con piso de tierra y refrigeradores vacíos de aquel cerro zanca es una brújula moral, un lugar al que volver cuando uno necesita “reacomodarse”.
Ver a Jorge Ocaranza pasear por el resort es un contraste curioso. Como director, se asegura de que las cosas funcionen bien; como líder, de que las personas estén bien. Y lo hace con todos, independientemente de su cargo, nivel o sueldo. Ahí es donde se entiende su eterna pregunta; “¿En qué puedo ayudarte?”. Pregunta insaciablemente si son felices, (ganándose algunas miradas desorbitadas). Memoriza los nombres, necesidades y las historias de los mil trabajadores que colaboran en su proyecto. Vive convencido de que el bien es adictivo, y, sobre todo, que las personas se van de esta vida sin nada más que aquellos a quienes alguna vez se les dio amor. “La vida me ha encargado cierta cosa, y yo soy el encargado de liderar… El día menos pensado nos morimos y no nos llevamos nada al otro lado”, destaca Ocaranza.
“La vida me ha encargado cierta cosa, y yo soy el encargado de liderar… El día menos pensado nos morimos y no nos llevamos nada al otro lado”.
Pero ayudar no es imponer, y mucho menos, caer en el asistencialismo; la ayuda más verdadera viene en forma de herramientas, “la manera de ayudar en serio no es dando el pescado, sino enseñando a pescar a través de becas y libros” comenta.
Herramientas, formación y enseñanza, eso es lo que es el proyecto.
El Proyecto
Casita, o Casa para Niños, no es un comedor ni un colegio cualquiera. Es un espacio seguro que ofrece clases de inglés, computación, arte… pero sobre todo, valores y sueños. A él acuden niños residentes de la región que tienen ganas de ser más; más que un destino incierto o una vida frágil.
Desde su apertura, los contrastes con el hotel fueron evidentes. Mientras los nueve restaurantes del resort se llenaban cada noche, muchos niños ni siquiera querían comer para “no acostumbrarse” a algo que luego pudiese faltar, o porque pensaban en sus hermanos que no podían estar ahí. Además, Casita implicaba costes, pues para que un alumno pueda estudiar es necesario que haya dinero, pero no podían cobrar a las familias de los alumnos, que apenas tenían qué comer. Sin embargo, a pocos metros de Casita, había miles de socios dispuestos a pagar una suma muy cuantiosa para alquilar una habitación.
Jorge tejió la conexión rápidamente, con el optimismo y la fe en las personas que le caracteriza. Y así, en las mañanas calurosas, frente a la costa del Pacífico, mientras enseña a las familias de socios el abanico de habitaciones, paquetes e instalaciones que pueden contratar, introduce, sin miedo, una oferta altruista difícil de rechazar. Al terminar, las familias salen del resort con su habitación, pero también con un ahijado apadrinado, al que acompañarán de cerca en su camino educativo, porque, sorprendentemente, entre un socio y un niño, por obra de Dios o del destino, siempre surge una vulnerabilidad compartida, una historia reflejada, un nombre en común.
Hoy, Casa para Niños cuenta con más de 140 alumnos, y una lista de egresados médicos, ingenieros, abogados e incluso una paleontóloga. Niños que parecían no atreverse a soñar hoy, han llegado más alto de lo que cualquiera habría imaginado. «Muchos me decían que recogerían basura en el mercado o que serían lo mismo que sus padres… Esto de soñar es uno de los temas fundamentales de la casa y yo pienso, de la vida. Hay que soñar y soñar alto”, afirma Jorge Ocaranza.
¿La pieza fundamental de su éxito? El amor. Ocaranza lo describe como el nutriente más importante, por encima de la comida o la formación. Cuando uno se siente reconocido, valorado y aceptado, esa red de seguridad da la confianza necesaria para atreverse a volar. En los niños se refleja en nuevos sueños. En el resort, en sentido, trascendencia y un clima de crecimiento constante, que también mejora la productividad. Porque para Jorge Ocaranza, ningún trabajador es demasiado desconocido para un abrazo, una sonrisa, o una pregunta inesperada por parte de su jefe una mañana cualquiera: “¿Hoy eres feliz?”.
Casita seguirá creciendo, también lo hará el resort. Y de la mano, los ojos de los que estaban ciegos, seguirán abriéndose, y los niños podrán seguir soñando.
Filosofía
Así vive Jorge Ocaranza, bajo las bromas de su familia y amigos de ser incansablemente intenso, sin dejar de mirar a cada persona como si estuviese sediento de asegurarse de que todos han descubierto que pueden volar. “Tú eres el decisor último de tu vida: puedes centrarte en el dinero, en la queja o en hacer el bien”, concluye Ocaranza.
