Nigeria es hoy un escenario donde la violencia de grupos yihadistas, como Boko Haram, la precariedad del Estado y los intereses de poder han convertido la vida cotidiana en una lucha constante por sobrevivir. José Fernández Crespo, miembro de Ayuda a la Iglesia Necesitada (ACN), cuenta a Mirada 21 lo que está ocurriendo ahí.
Un contexto complejo
El país está dividido casi a partes iguales entre cristianos y musulmanes, pero las dinámicas demográficas y políticas están modificando de forma acelerada este equilibrio. Mientras las familias cristianas suelen ser más pequeñas y priorizar la educación, numerosas familias musulmanas tienen más hijos, lo que está alterando la composición social. A ello se suma la implantación progresiva de la sharía (ley islámica) en diversos estados, lo que refuerza una estructura jurídica que discrimina a los cristianos en ámbitos como el acceso a la educación o las oportunidades laborales. “La mayor parte del Gobierno ya es musulmán”, explica Fernández Crespo, “y muchos estados se rigen por leyes islámicas”.
La raíz del conflicto no es simplemente religiosa. Fernández Crespo insiste en que Boko Haram y otros grupos afines actúan fundamentalmente movidos por el poder y el control del territorio. Funcionan como ejércitos paramilitares: rodean aldeas, siembran el terror y secuestran niños para alistarles en su ejército. Al ser regiones muy pobres, “a los niños les atrae el poder, porque ellos ven las armas y el dinero como el camino a la supervivencia”. A estos niños se les enseña desde muy jóvenes, bajo las amenazas de muerte, a combatir por el poder y los intereses de los líderes del grupo terrorista, y aunque son muchos los que intentan escapar, no todos lo consiguen.
“Sus ataques buscan maximizar el daño a comunidades concretas, muchas de ellas cristianas, para imponer su poder y extraer sus recursos”, cuenta José Fernández Crespo
La expansión del yihadismo en territorios africanos, favorecida por gobiernos débiles, extensiones inmensas y pobreza estructural, ha convertido a la región en un corredor de violencia difícil de contener. José Fernández Crespo también advierte: “Sus ataques buscan maximizar el daño a comunidades concretas, muchas de ellas cristianas, para imponer su poder y extraer sus recursos. Matan a la mayoría de los hombres y secuestran a las mujeres para tenerlas de esclavas o como moneda de cambio”. La función principal de las mujeres secuestradas bajo las órdenes de Boko Haram es el de servir de esclavas o de producir más niños, muchas veces a la fuerza, para asegurar la próxima generación.
La esperanza en el dolor
En medio de este panorama, Fernández Crespo fue testigo de historias que revelan el impacto interior que dejan estos ataques. Es el caso de una joven que había sido secuestrada durante meses por Boko Haram, que consiguió escapar, pero no volvió igual. “Llegó a su comunidad junto con dos bebés que había tenido a la fuerza, con una mezcla de culpa, vergüenza y miedo. Era incapaz de perdonarse a sí misma por haber sobrevivido mientras que otros no lo habían conseguido”, cuenta Fernández Crespo. Allí no fue bien recibida por los suyos, y fue repudiada, por lo que acudió a la Iglesia.
“Era incapaz de perdonarse a sí misma por haber sobrevivido mientras otros no lo hicieron”, cuenta Fernández Crespo
El proceso de sanación consistía en dejarse guiar por sacerdotes y religiosas que la acompañaron hasta que pudo reconciliarse consigo misma, con su familia y, finalmente, con sus agresores. Este seguimiento muestra el papel que la Iglesia desempeña donde el Estado ahora mismo está ausente. Para muchas víctimas, la parroquia es el único lugar donde pueden iniciar un camino de reconstrucción personal y espiritual, o simplemente pasar página.
A pesar de la violencia, Crespo afirma que Nigeria es también un ejemplo sorprendente de vitalidad religiosa. Los seminarios están llenos y la fe se vive con una alegría contagiosa. En medio del sufrimiento, surgen vocaciones y comunidades que mantienen viva la esperanza. “Es increíble la cantidad de gente que acude a la Iglesia buscando ayuda y acaba encontrando su vocación”, comenta José Fernández Crespo. Para quienes trabajan sobre el terreno, este dinamismo espiritual es una de las señales más fuertes de que la Iglesia no solo resiste, sino que crece alimentada por el testimonio de quienes siguen viviendo su fe incluso en las circunstancias más adversas.
“Es increíble la cantidad de gente que acude a la Iglesia buscando ayuda y acaba encontrando su vocación”, comenta José Fernández Crespo
La labor de Ayuda a la Iglesia Necesitada (ACN) es clave para sostener estas comunidades. La organización financia proyectos pastorales, apoya a sacerdotes y religiosas que acompañan a las víctimas, ayuda a reconstruir iglesias destruidas, da asistencia a desplazados y garantiza que quienes han sufrido secuestros o violencia reciban apoyo psicológico y espiritual. ACN está presente allí donde la gente ha perdido casi todo, y proporciona recursos materiales y esperanza. Su trabajo, explica Crespo, es permanecer junto a quienes sufren, “allí donde la Iglesia sigue siendo la única red de apoyo y consuelo”. Para ellos, toda donación cuenta, toda ayuda es bienvenida, y toda oración reconforta.
