Escrito por Blanca García
La plaza no estaba dividida, por las horas, en tendido de sol y sombra, pero sí se notaba
una gran diferencia entre los más de 2.500 simpatizantes que asistieron. Por un lado, los
mayores de 60, todos con sus sillas blancas de plástico, banderas nacionales y del PP.
Eran los que cantaban cada palabra de los himnos de Mecano o el Sarandonga de Lolita.
Los votantes de toda la vida. Detrás de ellos, se encontraban jóvenes que no habían
cumplido la treintena, muchos de ellos con un estilo similar y algunos con chalecos sin
mangas azul marino con el logo popular en el pecho y el lema que les ha acompañado esta campaña como dorsal: “Por todo lo que nos une”.
Para llegar a estas dos audiencias y la que se encontraba en casa, Casado se rodeó de
pesos pesados históricos y líderes actuales. En representación de la época de Rajoy, hablaron los toreros Pío García-Escudero, expresidente del Senado y candidato, y Ana Pastor, expresidenta del Congreso y número dos a la Cámara baja por Madrid. Ambos hicieron las delicias de los de las sillas que, en vez de sacar la pañoleta blanca, agitaban con ganas sus banderolas azules. Entre el madrileño y la gallega, llegaron las nuevas caras del partido: José Luis Martínez Almeida e Isabel Díaz Ayuso. Los representantes de la vuelta a los gobiernos municipal y autonómico popular. El alcalde de la capital salió con todo y se llevó los aplausos, gritos y cánticos de la grada. Sin embargo, el punto anodino de la noche lo puso la presidenta de la Comunidad: un que no levantaba los aplausos de los convencidos. Solo dejó una frase para el recuerdo “los demás no son, ni serán, el Partido Popular”. Pasado ese mal toro, llegó el maestro.
Pablo Casado se subió corriendo a la tarima aupado por los gritos de “¡Presidente, presidente!” que ya no entendían ni de edad ni de tendido ni de viejas o nuevas glorias. Hasta los vídeos tenían dos caras: unos más de redes sociales, dedicados al hastío, y otros más sentimentales y tranquilos sobre tópicos españoles. Todo tenía dos vías, hasta que
Casado empezó a subir los escalones y, como por magia, todo se unificó.
No solo le escuchaban los de dentro, también el millar de personas que estaban
aguantando el frío en la puerta grande de Las Ventas y viendo a su líder por la pantalla
gigante.
Sobre el discurso, poca novedad: bajada de impuestos, salir de la crisis política y económica, recuerdo a los años de gobierno y mucha referencia al Zapatero de 2008. Todo muy aplaudido y vitoreado. Pero en un discurso de casi una hora, una sola frase casi le hace salir a hombros de la plaza: “No apoyaremos una gran coalición con el PSOE”. Las Ventas tenía lo que quería, y a partir de ahí el resto daba igual.
Casado aseguró que estaba en empate técnico con los socialistas y pidió, aunque muy
moderado con el resto, el voto de básicamente todo el país. El lazo a la corrida fue el himno nacional. Después fotos y apoyo de los que estaban en el foso hasta que las luces azules de Las Ventas se apagaron y el PP empezó a pensar en la siguiente gran corrida: la del domingo.