Lo nuevo y lo eterno

El periodista que narra un acontecimiento trascendente de la actualidad contribuye al auténtico progreso del hombre, que no es hacia delante, sino hacia arriba. La persona crece en vertical.

La atracción por lo nuevo debe ser consustancial a la naturaleza humana. Es, en realidad, una deriva lógica del deseo natural del hombre por conocer. Esto lo dejó escrito Aristóteles en la primera frase de su Metafísica. El hombre sin rueda quería una rueda, el de la llama aspiraba a una lámpara y el del libro a una pantalla. Es el hombre el que aspira a progresar. El problema reside en el contenido de ese progreso. Si es una mera renovación técnica, el crecer del hombre será siempre limitado en su ausencia de límites. Tendremos una pantalla mejor, pero no habrá en nosotros un auténtico crecimiento. Será un mejorar en el hacer, en todo caso, pero sin que eso repercuta en mi ser más profundo.

Y el periodismo tiene algo que decir. Elegimos la portada, la de tinta o la digital, y, en cierto modo, seleccionamos la porción de mundo que ofrecemos al lector. Este titular configura de alguna manera el ver el mundo de los hijos de nuestro tiempo. Y casi siempre elegimos lo nuevo: el último teléfono, el crimen más atroz, la corrupción reciente. Y lo nuevo, en esa espiral de progreso limitado, cierra las posibilidades reales de crecimiento del hombre, que ha de venir siempre de lo trascendente.

“Hemos contribuido a cimentar al nuevo hombre cansado, harto de la conversación lenta, necesitado del impulso fugaz y nuevo, siempre nuevo”.

Escribe Fabrice Hadjad: “Por eso, ‘el coche sin conductor’ es primera página de un diario sin papel que pronto conseguirá la proeza de ser un diario sin lector. Hacen falta news y, por tanto, cosas nuevas, pero esas cosas nuevas nos hacen perder de vista lo que ya está ahí, como ofrenda continua”. Esa obsesión por lo nuevo, que parece un axioma intocable del periodismo, puede ser revisada. Pero no será posible mientras nuestros lectores sigan consumiendo atropelladamente las noticias que, como ráfagas de aire, les colocamos en la retina. Hemos contribuido a cimentar al nuevo hombre cansado, harto de la conversación lenta, necesitado del impulso fugaz y nuevo, siempre nuevo.

Byung-Chul Han señala la diferencia entre el proceso y la narración. Aquel avanza por adición: el ordenador de hoy es mejor que el de ayer porque ha sumado unos cuantos avances técnicos. Pero la narración es una conclusión que “produce un sentido” y que no puede ser acelerada. El periodista que narra un acontecimiento trascendente de la actualidad contribuye al auténtico progreso del hombre, que no es hacia delante, sino hacia arriba. La persona crece en vertical. “Es inquietante en la actual experiencia del tiempo no la aceleración como tal, sino la falta de conclusión, es decir, la falta de compás y ritmo en las cosas”, concluye Han.

Así, el periodista que se limita a narrar novedades escapa a su misión primera. “La innovación de todas esas cosas pretende ser una demostración de poder, pero se basa en la imposibilidad de asombrarse, y nos conduce así a la eliminación de lo humano en provecho de lo trans, de lo post o de lo inhumano…”, dice Hadjad. Así que el hombre desea conocer, y lo apetece de un modo natural: el periodista puede ayudar a llenar de contenido ese saber. Basta con poner lo nuevo al servicio de lo eterno.