Listado de víctimas: San Juan y Dostoievski

El director de Formación Humanística de la UFV, Ángel Barahona, en medio de la crisis por los efectos del coronavirus, reflexiona en esta columna sobre el escándalo que supone la inocencia de las víctimas.

El coronavirus nos va a regalar una lista interminable de víctimas: las autoproclamadas, las resentidas, las de verdad (las inocentes), las colaterales, las elegidas previamente, en un despacho, las elegidas al azar, las elegidas por la masa, la propia masa, el pueblo, el Estado, la democracia, las elegidas por la ley del más fuerte, las elegidas por la razón instrumental y pragmática. Las que fueron al 8M, las que no fueron y se contaminaron con las que fueron, los que respetaron la cuarentena, los que no y les multaron o encarcelaron. ¡Todos somos víctimas! Hasta los verdugos de hoy serán víctimas mañana cuando piensen, aunque obcequen su memoria, y solo rescaten lo que resentidos quieren recordar, qué “hemos hecho”. Viene a mi memoria el final de la película La Misión, de Roland Joffé. El obispo, en la escena final, relee el informe que le pasan los representantes de España y Portugal que han cometido la masacre de jesuitas y guaraníes: “¿Queréis decir que esta matanza era necesaria?”.  El portugués le responde: “Sí, eminencia, estamos en el mundo y el mundo es así. La contrarrespuesta del obispo es: “No señor Ontar, nosotros lo hemos hecho, yo lo he hecho así”. Víctimas, los que se están llenando de odio y de sed de venganza, víctimas los bondadosos que aceptarán resignadamente su pequeñez e impotencia y albergarán no sabemos qué sentimientos piadosos para fuera y veladamente lastimeros hacia dentro mascullando algún culpable. Víctimas inocentes declaradas hace tiempo en el Evangelio: “Perdónales, Padre, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). Girard se está encumbrando como el profeta de nuestro tiempo. Todas ellas necesitan una buena noticia: “Y Jesús lloró”.

El Evangelio de este domingo pasado era el de la resurrección de Lázaro, aunque deberíamos decir “muerte” de Lázaro. Para una mujer de fe como Marta solo hace falta el silencio recogido. ¿Qué vamos a decir aquellos a los que no se nos ha muerto todavía un ser muy, muy allegado, porque solo muy allegado sí ha habido? Callar. Para María, mujer de una fe más profunda si cabe, existe otra opción: rezar. Una oración de agradecimiento por lo vivido junto a su hermano y una oración de sobrecogimiento humilde y también silencioso ante la voluntad inapelable de Dios. Para el protagonista de Vida Oculta, de Malick, Franz, basta una mirada a la amada para reconocerse como un privilegiado que va a ser asemejado a su maestro completando su Pasión: no cederá a la tentación de juzgar a las potencias de este mundo, se llamen como se llamen (Hitler, en su caso; Farón, en el caso de Israel; o el gobernante de turno), ha entendido que son meros medios para que en él, en nosotros, se manifieste la fuerza de Dios, como decía hace unas semanas el Evangelio de Juan en el capítulo nueve, a propósito del ciego de nacimiento. Emmanuel Mounier se postra de rodillas ante este sufrimiento: su hija de dos años, por una mala práctica médica –una inyección administrada por error–, contrae una encefalitis aguda y sobrevive solo cuatro años más. Le escribe a su mujer, a la que habrá mirado mil veces como Franz a la suya (y la película es un hecho real acontecido en la Austria hitleriana): “¿Qué sentido tendría todo esto si nuestra pequeña hija fuese solamente carne enferma, carne dolorida, y no una blanca y pequeña ostia que nos sobrepasa a todos, la inmensidad de misterio y de amor que nos enceguecería si pudiéramos verlo cara a cara?”.

“Víctimas, los que se están llenando de odio y de sed de venganza, víctimas los bondadosos que aceptarán resignadamente su pequeñez e impotencia y albergarán no sabemos qué sentimientos piadosos para fuera y veladamente lastimeros hacia dentro mascullando algún culpable”.

Lázaro ha muerto, su cuerpo lleva enterrado cuatro días y ya huele. Jesús no está allí. Juan nos regala una teología escandalosa que va más allá de lo esperable en una narración prevista para aquellos que están inmersos en una cultura griega cuyos dioses son impasibles, lascivos, incapaces de compasión: “Y Jesús lloró”. En el comentario a los salmos 85,1, san Agustín decía: “Mientras consideramos esta divinidad del Hijo de Dios, que sobrepasa y excede toda sublimidad de las creaturas, le oímos también en algún lugar de las Escrituras como si gimiese y orase y confesase su debilidad (…) nuestro pensamiento, que acaba de contemplarle en su divinidad, retrocede ante la idea de verle humillado; y, somo si fuera injuriarlo el reconocer como hombre a aquel a quien nos dirigíamos como Dios, [que…] aceptó la condición de esclavo, asemejado en todo a los hombres, e identificado en su manera de ser a los humanos, humillado, hecho obediente hasta la muerte; pensemos que incluso quiso hacer suyas aquellas palabras del salmo, que pronunció colgado de la cruz: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?… sin sufrir mutación alguna asumió la naturaleza creada para transformarla y hacer de nosotros con él un solo hombre, cabeza y cuerpo”.

Jesús lloró. Y pidió a las mujeres de Jerusalén que lo hiciesen por sus hijos previendo la catástrofe que se les avecinaba. Porque si lo que iban a hacer los jerosolimitanos con el leño verde era sacrificarlo, que no harían con el seco. (Lc 23, 31): los hijos del resto de Jerusalén serían pasados a cuchillo 40 años después por Tito y Vespasiano.

¿Por qué el Hijo del hombre habría de llorar, ser crucificado como un asesino? ¿Por qué se convirtió voluntariamente en víctima pudiendo evitarlo? ¿Qué misterio esconde la víctima? Su inocencia. Esto es un escándalo. ¿Todas las víctimas son inocentes obrasen o no por ignorancia? ¡Así las declara Cristo! Esto solo puede ser la obra de un loco o de un Dios. ¿Qué misterio esconde la muerte de un inocente? Este es el reto del ateísmo, porque para la fe no hay oscuridad. Ese amor loco de un Dios, que se mete a sí mismo en la piel de una víctima para mostrar la esperanza, la dimensión de eternidad de la que estamos hechos es un escándalo para los gentiles (los hombres sin fe) pero para los que creen es fuerza de Dios (1 Cor, 1,23). Dostoievski no nos lo explica, nos sobrecoge con el candor de una prostituta y la inesperada sensibilidad de un asesino que se conmueven al leer: “¡Lázaro, sal fuera!”. Ese territorio misterioso está ahí fuera, pero tenemos que ser llamados y que alguien nos quite los lienzos que nos aprisionan y no nos dejan salir del sepulcro. Necesitamos vernos llamados estando muertos y arropados por una comunidad de vivos que nos desate: la humanidad de los que se sienten hermanos. Nada más.

“¿Por qué el Hijo del hombre habría de llorar, ser crucificado como un asesino? ¿Por qué se convirtió voluntariamente en víctima pudiendo evitarlo? ¿Qué misterio esconde la víctima? Su inocencia. Esto es un escándalo”.

Todas las víctimas necesitamos una Buena Noticia. Hasta Raskolnikov, frío asesino se conmueve ante una buena noticia. De golpe entiende que él y la prostituta que le lee el Evangelio de san Juan son víctimas. Solo le hace falta no consolarle con su victimismo. Cosa que Sonia, la prostituta, entiende emocionada cuando alberga para ella la posibilidad de resurrección, como un Lázaro que ya huele y que lleva cuatro días muerto.

Dostoievski nos lee la historia… ¿tal vez de su propia resurrección? a través de la lectura de san Juan por Sonia, a un Raskolnikov que, a pesar de ser prisionero de la voluntad de poder nietzscheana, mediante la toma de conciencia de ser una víctima de su propio orgullo puede escuchar algo más hondo que su propia razón, que le habla de ser una víctima de otros: (Parte IV. Fédor Mikhaïlovitch Dostoievski, Crimen y castigo, 1884)

«¡Lee! ‑ordenó de pronto, irritado y con voz apremiante.

Sonia seguía vacilando. Su corazón latía con fuerza. La desdichada no se atrevía a leer en presencia de Raskolnikov.

‑ ¿Qué le importa esto? Usted no tiene fe ‑murmuró Sonia con voz entrecortada-.

‑ ¡Lee! ‑insistió Raskolnikov‑.

Sonia abrió el libro y buscó la página. Le temblaban las manos y la voz no le salía de la garganta. Intentó empezar dos o tres veces, pero no pronunció ni una sola palabra.

‑ «Había en Betania un hombre llamado Lázaro, que estaba enfermo…» ‑articuló al fin, haciendo un gran esfuerzo.

Pero inmediatamente su voz vibró y se quebró como una cuerda demasiado tensa. Sintió que a su oprimido pecho le faltaba el aliento. Raskolnikov comprendía en parte por qué se resistía Sonia a obedecerle, pero esta comprensión no impedía que se mostrara cada vez más apremiante y grosero. De sobra se daba cuenta del trabajo que le costaba a la pobre muchacha mostrarle su mundo interior. Comprendía que aquellos sentimientos eran su gran secreto, un secreto que tal vez guardaba desde su adolescencia, desde la época en que vivía con su familia, con su infortunado padre, con aquella madrastra que se había vuelto loca a fuerza de sufrir, entre niños hambrientos y oyendo a todas horas gritos y reproches. Pero, al mismo tiempo, tenía la seguridad de que Sonia, a pesar de su repugnancia, de su temor a leer, sentía un ávido, un doloroso deseo de leerle a él en aquel momento, sin importarle lo que después pudiera ocurrir… Leía todo esto en los ojos de Sonia y comprendía la emoción que la trastornaba… Sin embargo, Sonia se dominó, deshizo el nudo que tenía en la garganta y continuó leyendo el capítulo 11 del Evangelio según san Juan. Y llegó al versículo 19.

‑ «…Y gran número de judíos habían acudido a ver a Marta y a María para consolarlas de la muerte de su hermano. Habiéndose enterado de la llegada de Jesús, Marta fue a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Marta dijo a Jesús: ‘Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto; pero ahora yo sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará…’»

“El exilio es una gracia, una nueva oportunidad, para las víctimas de sí mismos. Y una des-gracia para los que se autoconvencen de ser las víctimas de otros”.

Al llegar a este punto, Sonia se detuvo para sobreponerse a la emoción que amenazaba ahogar su voz.

‑ «Jesús le dijo: ‘Tu hermano resucitará’. Marta le respondió: ‘Yo sé que resucitará el día de la resurrección de los muertos’. Jesús le dijo: ‘Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, si está muerto, resucitará, y todo el que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?’. Y ella dice…»

Sonia tomó aliento penosamente y leyó con energía, como si fuera ella la que hacía públicamente su profesión de fe:

‑ «…’Sí, Señor; yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo’…»

Sonia se detuvo, levantó momentáneamente los ojos hacia Raskolnikov y después continuó la lectura. El joven, acodado en la mesa, escuchaba sin moverse y sin mirar a Sonia. La lectora llegó al versículo 32.

‑«… Cuando María llegó al lugar donde estaba Cristo y lo vio, cayó a sus pies y le dijo: ‘Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto’. Y cuando Jesús vio que lloraba y que los judíos que iban con ella lloraban igualmente, se entristeció, se conmovió su espíritu y dijo: ‘¿Dónde lo pusisteis?’. Le respondieron: ‘Señor, ven y mira’. Entonces Jesús lloró y dijeron los judíos: ‘Ved cómo le amaba’. Y algunos de ellos dijeron: ‘El que abrió los ojos al ciego, ¿no podía hacer que este hombre no muriera?’…»

Raskolnikov se volvió hacia Sonia y la miró con emoción. Sí, era lo que él había sospechado. La joven temblaba febrilmente, como él había previsto. Se acercaba al momento del milagro y un sentimiento de triunfo se había apoderado de ella. Su voz había cobrado una sonoridad metálica y una firmeza nacida de aquella alegría y de aquella sensación de triunfo. Las líneas se entremezclaban ante sus velados ojos, pero ella podía seguir leyendo porque se dejaba llevar de su corazón. Al leer el último versículo ‑«El que abrió los ojos al ciego…»‑, Sonia bajó la voz para expresar con apasionado acento la duda, la reprobación y los reproches de aquellos ciegos judíos que un momento después iban a caer de rodillas, como fulminados por el rayo, y a creer, mientras prorrumpían en sollozos… Y él, él que tampoco creía, él que también estaba ciego, comprendería y creería igualmente… Y esto iba a suceder muy pronto, en seguida… Así soñaba Sonia, y temblaba en la gozosa espera.

‑ «… Jesús, lleno de una profunda tristeza, fue a la tumba. Era una cueva tapada con una piedra. Jesús dijo: ‘Levantad la piedra’. Marta, la hermana del difunto, le respondió: ‘Señor, ya huele mal, pues hace cuatro días que está en la tumba’…»

Sonia pronunció con fuerza la palabra «cuatro».

‑ «… Jesús le dijo entonces: ‘¿No te he dicho que si tienes fe verás la gloria de Dios?’. Entonces quitaron la piedra de la cueva donde reposaba el muerto. Jesús levantó los ojos al cielo y dijo: ‘Padre mío, te doy gracias por haberme escuchado. Yo sabía que Tú me escuchas siempre y solo he hablado para que los que están a mi alrededor crean que eres Tú quien me ha enviado a la Tierra’. Habiendo dicho estas palabras, clamó con voz sonora: ‘¡Lázaro, sal!’. Y el muerto salió… ‑Sonia leyó estas palabras con voz clara y triunfante, y temblaba como si acabara de ver el milagro con sus propios ojos‑ …vendados los pies y las manos con cintas mortuorias y el rostro envuelto en un sudario. Jesús dijo: ‘Desatadle y dejadle ir’. Entonces, muchos de los judíos que habían ido a casa de María y que habían visto el milagro de Jesús creyeron en él.»

Ya no pudo seguir leyendo. Cerró el libro y se levantó.

‑No hay nada más sobre la resurrección de Lázaro.

Dijo esto gravemente y en voz baja. Luego se separó de la mesa y se detuvo. Permanecía inmóvil y no se atrevía a mirar a Raskolnikov. Seguía temblando febrilmente. El cabo de la vela estaba a punto de consumirse en el torcido candelero y expandía una luz mortecina por aquella mísera habitación donde un asesino y una prostituta se habían unido para leer el Libro Eterno.

‑Ahora no tengo a nadie más que a ti ‑dijo Raskolnikov‑. Vente conmigo. He venido por ti. Somos dos seres malditos. Vámonos juntos».

Necesitamos ser llamados a salir de nuestros sepulcros estando muertos. Sonia y Raskolnikov han sido llamados por una Palabra. El solitario superhombre se verá acompañado por Sonia al destierro, ganado por los méritos de su crimen, en Siberia. El exilio es una gracia, una nueva oportunidad, para las víctimas de sí mismos. Y una des-gracia para los que se autoconvencen de ser las víctimas de otros.