Apagones y oportunidades

"Los acontecimientos de los últimos dos años han devuelto la perspectiva de la muerte a nuestras vidas, nos han anclado al hogar y a la familia y, para colmo, como resaca de la era pandémica, amenazan con apagarnos las pantallas en las que residenciamos nuestra pobre y espasmódica felicidad"

El Gobierno de Austria está preparando a su ciudadanía para un posible apagón. La noticia ha provocado todo tipo de reacciones, falsas noticias, elucubraciones e hiperventilaciones varias. Después del coronavirus, Filomena, el volcán… ahora ya nos creemos cualquier cosa. Y esto tiene una parte estupenda: nos van quedando pocas seguridades a las que agarrarnos.

Ha dicho la ministra Ribera que lo del apagón en España «podemos descartarlo de nuestro horizonte de preocupaciones». Lo que llama la atención es tan solo que se plantee la posibilidad. Y eso ocurre porque la pandemia y el resto de azares de los últimos tiempos han alterado nuestra percepción de lo que es posible y de lo que no. Los grandes apagones y la falta de suministros ya no son cuestiones para friquis orillados en algún suburbio de forocoches, sino que forman parte de la conversación real. Es como si ahora creyéramos que todo es posible. Si hemos estado meses sin salir de casa, ¿por qué no va a ser verdad que podamos estar quince días sin luz?

Hasta hace bien poco, el ciudadano español podía ir avanzando en su vida con la protección invisible de un estado del bienestar sólido que le garantizaba hospitales para hoy y pensiones para mañana; sabía que podía comprarse un iPhone nuevo a plazos para tapar alguna frustración; no dudaba de que la luz se encendería al apretar el interruptor ni de que podría ir tranquilamente al centro comercial cuando una tarde silenciosa se hiciera insoportable.

«La nueva vulnerabilidad nos abre a dimensiones de la vida que teníamos escondidas debajo del me gusta y de la tarjeta del gimnasio».

Pero los acontecimientos de los últimos dos años han devuelto la perspectiva de la muerte a nuestras vidas, nos han anclado al hogar y a la familia y, para colmo, como resaca de la era pandémica, amenazan con apagarnos las pantallas en las que residenciamos nuestra pobre y espasmódica felicidad.

¿Y si aprovechamos para resetear nuestras prioridades? ¿Y si descubro la belleza de mi mujer en el pasillo? ¿Y si escucho a mi madre sin hacer nada más que escucharla? ¿Y si enciendo una vela y cierro los ojos? ¿Y si vuelvo a pasear por la calle silbando y mirando a derecha e izquierda antes de cruzar el paso de cebra? ¿Y si descubro, con profunda admiración, la verdadera dimensión de la muerte y la vida, del amor y el dolor, de la amistad y la pérdida?

Está bien que no estemos seguros de aquello que ha sido construido por el hombre. Porque todo lo construido puede ser destruido, todo lo conectado puede ser desconectado, todo lo encendido puede ser apagado. Lo cual nos permite hacer el argumento inverso, aunque sea formulado como pregunta: ¿Qué es aquello de mi vida que no puede ser modificado? La nueva vulnerabilidad nos abre a dimensiones de la vida que teníamos escondidas debajo del me gusta y de la tarjeta del gimnasio.

Soy débil, voluble, hombre, misterio. Y así debe ser.