Una propuesta: Hacia una cultura del encuentro

“Una voz, una mano”. Estos dos elementos que forman parte de lo que es cada ser humano, de lo que es su naturaleza, son la propuesta para que nadie se sienta solo que presenta Cecilia Castañera, miembro del equipo de mentores del Instituto de Acompañamiento de la UFV.

«Una voz, una mano». Estos dos elementos que forman parte de lo que es cada ser humano, de lo que es su naturaleza, son la propuesta para que nadie se sienta solo que presenta Cecilia Castañera, miembro del equipo de mentores del Instituto de Acompañamiento de la Universidad Francisco de Vitoria (UFV), creado para formar en el acompañamiento. Desde el comienzo del confinamiento, y a través de este instituto, la UFV pone a disposición de quien lo desee una forma de contactar con sacerdotes, profesionales de la salud y personal cualificado. Así nace la iniciativa Uno más uno, que permite a cualquier persona que lo solicite ser acompañado en este momento.

Hay una necesidad de alteridad, de encontrarse y convencerse juntos en un diálogo sin fin. Isidro Catela, profesor de Humanidades de la UFV, plantea cómo también desempeña un papel esencial en este aspecto el concepto biográfico de la vida: «La vida es un proyecto y hay que ser muy arrogantes para creer que esa misión puede hacerse en solitario». Sin embargo, la existencia de una soledad no deseada obliga a muchas personas a no poder llevar a cabo su proyecto vital con un correcto desarrollo.

 

La psicóloga Rosana Pereira asegura: «No podemos controlar la situación por nuestra cuenta, entonces hagamos lo que está en nuestra mano». Desde la diócesis de Pamplona y Tudela, destacan cómo «es necesario acompañar, vivir junto a los otros, ser con los otros, participar de los sentimientos de los demás» y acercarse al prójimo. Esto lo reafirma Pereira, quien puntualiza que la soledad ha sido «bastante más devastadora» en personas mayores, porque los jóvenes tienen entornos que proporcionan compañía, como el trabajo, la familia, los amigos… Sin embargo, para muchos de los mayores, el único ámbito de relación que tienen es la familia, y los ancianos se quedaron sin esto durante el confinamiento.

En una carta orientada a tratar los desafíos de la soledad que la pandemia había provocado, los obispos de la provincia eclesiástica de Pamplona y Tudela destacan cómo la Iglesia debe salir al paso de los necesitados que no vienen a ellos: «Cada vez hay menos calor de hogar y de familia. Por ello, es urgente acompañar a las personas que se sienten solas, no comprendidas y no escuchadas».

El papel de la Iglesia en los meses más complejos de la crisis del coronavirus va más allá de las obras de caridad. La Iglesia presta servicios de acompañamiento en los momentos de duelo, soledad e incluso padecimiento de esta enfermedad u otras. Muchos sacerdotes han estado en primera línea durante la pandemia y no solo dando ayuda espiritual.

Es el caso de Juan Jolín, sacerdote en el Colegio Retamar y licenciado en Medicina. Durante los meses del confinamiento, acompañó a los pacientes de los pabellones hospitalizados de Ifema. Jolín explica cómo en ese periodo la soledad era obligada debido al aislamiento del paciente para evitar más contagios. A pesar de esto, destaca cómo un cristiano nunca está abandonado: «Desde la fe, uno entiende que nunca estás solo, que Dios va siempre en el alma”.

 

En este punto, el informe de los obispos destaca la desesperanza que muchas personas sienten ante la ausencia de sus amigos, allegados o familiares. Sin embargo, los autores defienden cómo un cristiano nunca está solo: «Los cristianos sabemos que no existe la soledad absoluta y que el túnel de la soledad se ilumina desde la comunión con Jesucristo». El remedio de la fe ante la soledad puede curar la desesperanza de sentirse abandonado. En el escrito, también destacan cómo un correcto aprovechamiento de la soledad facilita encontrar en el corazón la voz de Dios y dotar de un sentido el sufrimiento y, por tanto, llegar a trascenderlo.

Como remedio a la desesperanza causada por la soledad, Juan Jolín propone la importancia de la familia. Destaca cómo su participación en Ifema debía ser supletoria de lo que habrían hecho los seres queridos: «La labor de los capellanes era dar cariño humano, saber escuchar y hacer la función de lo que haría un familiar». Ángel Barahona, director de Humanidades de la UFV, defiende cómo, a pesar del proceso de destrucción al que la sociedad ha sometido a las familias, estas siguen siendo «el único lugar donde uno puede ser libre y ser amado tal y como es».

La pandemia —además de «una bofetada de realidad», como la describe el profesor de Humanidades Isidro Catela— puede suponer una oportunidad, no solo de encuentro, sino también como lección de vida. Catela destaca cómo quien ha vivido cara a cara con los riesgos del virus no debe continuar igual con su vida: «Debemos dejar de esconder la muerte, porque debemos contar con ella y a partir de entonces preguntarnos cómo se ha de vivir la vida».

En el camino al encuentro, a una solución para afrontar la soledad que puede oprimir al ser humano, se encuentran también otras virtudes que solo destacan en momentos de crisis. También en estos instantes florecen las grandes obras de quienes dan su vida por los demás, de quienes acompañan. Esa entrega generosa favorece una cultura de encuentro, verdadero antídoto frente a esa carrera desbocada hacia uno mismo en que parece haberse convertido el mundo. La persona, escribe el filósofo Alfonso López Quintás, es «éticamente valiosa» cuando «configura un modo de ser que la dispone favorablemente para crear relaciones de encuentro».