La soledad, un fenómeno que la pandemia ha agudizado

El confinamiento ha traído soledad a muchas personas que se han encontrado solas en casa. Foto: Isabel Fernández Pacheco.

Algunos descubrieron la verdadera crudeza de la crisis por el coronavirus cuando, en el verano de 2020, se informó de que había 59 cadáveres en el Instituto Anatómico Legal de Madrid que nadie reclamaba. Morir sin que a nadie le importe. Es uno de los rostros más amargos de esta crisis que ha servido para poner sobre la mesa un fenómeno, el de la soledad, que las sociedades occidentales arrastran desde hace décadas. La pandemia se puede escribir desde el dato terrible del número total de muertos (más de 1,6 millones), pero, también, es posible hacerlo desde las historias individuales, desde el drama de cada persona, desde las soledades propias. Parece una paradoja: algo que ha unido a todo un planeta, lo ha separado más que nunca.

La lucha contra la COVID-19 no ha sido nada fácil, no porque la infección en sí sea un fenómeno nuevo, sino por la incapacidad de la comunidad científica de adelantar sus consecuencias. Entre ellas, el abismo de la soledad. Estar encerrado en una casa todos los días ha agudizado ese fenómeno. A pesar de ello, hay organismos y autoridades que han tenido como objetivo hacer sentir a las personas lo más acompañadas posible. Este ha sido el caso del Sámur (Madrid), que ha procurado que los pacientes no tengan el sentimiento de estar abandonados. 

Cristina Feital, trabajadora de Recursos Humanos de Sámur Protección Civil y responsable de Admisión de Hospitales de Ifema, cuenta cómo mucha de la gente que necesitaba su ayuda no tenía las cosas básicas que, en condiciones normales, la familia suele llevar al hospital, como calzado de estar en casa. Además, recalca que un hospital suele tener televisiones o medios de comunicación, pero estos pacientes no los pudieron disfrutar, por lo que les dieron libros. “Los voluntarios también recibían dibujos de familiares, los imprimían y se los leían a los pacientes”, afirma Feital.

Los trabajadores del Sámur incluso ponían tabletas electrónicas para que pudieran sentir el apoyo de los familiares y enseñaban a los más mayores a utilizarlas. Feital recuerda el momento en el que ayudaron a un matrimonio de ancianos a encontrarse, pues cada uno estaba en un pabellón diferente. El marido vino a admisión preguntando por su esposa, y se encargaron de hablar con los médicos para que pudieran estar juntos. “Conseguimos que los juntaran en el mismo pabellón de enfermería”, recuerda. “Fue muy bonito, acabamos todos llorando, porque hacía días que no se veían”, concluye Feital.

 La tecnología y las redes sociales han sido una parte fundamental a lo largo de toda la pandemia. Han desempeñado un papel crucial, pero también han llegado a convertirse en un arma de doble filo. Gracias a ellas, el planeta ha podido estar más conectado que nunca y toda esa gente que ha estado sola ha tenido la posibilidad de sentir a sus familiares y seres queridos un poco más cerca. Las videollamadas han sido las grandes protagonistas y estaban presentes en los días de cuarentena, pero no solo hacían más amenas las jornadas, sino que unían a toda esa gente, en especial a los mayores, que no tenían el calor de quienes los aman. Según la empresa de medición de audiencias Comscore, España fue el país europeo en el que más creció el consumo de información a través de redes sociales durante el confinamiento, con un incremento del 55%. Sin embargo, en ocasiones, las nuevas tecnologías han sido un peligro para la gente más vulnerable que convive con la soledad. Es el riesgo de confundir conexión y comunicación, especialmente entre los jóvenes, lo que el papa ha llamado “difuso narcisismo digital”.

Las plataformas se llenaban de información, muchas veces falsa o alarmante, y esto fue un detonante para quienes se sentían abandonados y se aferraban a cualquier cosa. No todo el mundo tiene la capacidad de contrastar datos o evitar información cuando el aburrimiento y la preocupación llenan sus días, y este hecho ha podido provocar malestar y angustia en la gente que no tiene a nadie. En este sentido, el profesor Manuel Arias Maldonado afirma en su ensayo Desde las ruinas del futuro: “Se ha dicho que en esta crisis coinciden virología y viralidad, habida cuenta de la velocidad a la que se han transmitido tanto el patógeno como la información sobre él disponible”. 

Las tecnologías están muy implicadas en la relación con los demás y ha habido cierto desprecio hacia las personas más vulnerables, a las personas mayores, pero eso es algo que ya ocurría antes de que el mundo atravesara esta crisis provocada por un virus. El periodista y profesor de Ética de la UFV Isidro Catela explica que la pandemia ha sido como “una bofetada de realidad” para la sociedad y que eso debe permitir a la gente tener aprendizajes personales y no “eslóganes colectivos”. El primer gran aprendizaje, según afirma Catela, es que nadie puede seguir viviendo de espaldas a la muerte después de haberse enfrentado de forma directa o indirecta con el virus. Catela cuenta cómo la muerte debe ser una lección de vida, y que hay que dejar de esconderla, pues es útil para, a partir de ella, preguntarse cómo se ha de vivir la vida. 

Uno de los sectores de la sociedad más afectados fue el de las personas mayores, muchas de ellas, en residencias de ancianos, que han sufrido en soledad, lejos de sus familiares. También ha sido complicada la situación de las personas con discapacidad intelectual.

Es el caso del Hogar Don Orione, donde atienden residencialmente a personas en esas circunstancias. Jesús Moreno, un amante de la pintura y la costura que lleva 50 años en la residencia, se ha sentido muy solo al no tener a la familia cerca. Según cuenta Alejandro Carrasco, voluntario en el centro desde hace 17 años y acompañante de Moreno, es muy duro para él no haber podido ir en verano a ver a su familia, pues tenía muchas ganas de ver a su madre y a su hermana. Además, ambos coinciden en echar de menos poder darse abrazos.

La Asociación Casa-Hogar El Sauce se encarga de acoger y apoyar a personas con enfermedades mentales para mejorar su calidad de vida. La fundadora de la asociación, Estrella Aguilera, asegura que con las actividades que realizan intentan mantener a los residentes ocupados y alegres, y fortalecerlos para que no sientan la soledad. “Ellos nos ven más a nosotros como su familia. Algunos me llaman a mí abuela, y otros me llaman madre”, explica Aguilera.

La directora de El Sauce, Araceli Montilla, cuenta que a las personas que residen en la casa-hogar les ha supuesto mucho dolor no poder recibir visitas. Sin embargo, y gracias a las actividades que realizan, han podido estar entretenidos y sentirse acompañados. Tanto es así, que los propios familiares se sorprenden de que los residentes se rían o bailen. Sin embargo, no todo son luces. “En las residencias hay personas que se encierran en sí mismas”, destaca Marisa Fernández, directora de programas de acompañamiento de la Orden de Malta. La soledad “empeora la salud de las personas que están en residencias”, afirma. Y recuerda la historia de Rita, fallecida por coronavirus, a quien acompañó muchos años, a pesar de que ella decía que no estaba sola: “Y lo estaba. Decía que yo era una doctora que iba a dar una conferencia”.

Cuenta la madre Teresa de Calcuta que, en una visita a una residencia de Inglaterra, se fijó en que todos los ancianos miraban a la puerta. Preguntó: “¿Cómo es que ninguno sonríe? ¿Por qué no dejan de mirar a la puerta?”. Le respondieron: “Ocurre lo mismo todos los días. Están permanentemente a la espera de que alguien venga a visitarlos”. 

Juan Delgado y su mujer Pepa Gómez son un matrimonio que perdió a su hija y han vivido en sus carnes la soledad durante un confinamiento que, según ellos, “se ha teñido de duelo”. Delgado explica cómo todavía hoy no puede expresar el sentimiento de ir en el coche detrás del furgón funerario. “A mí me ha ayudado mucho pensar que mi hija está en el Cielo, pero yo no encuentro respuesta a por qué ha tenido que ocurrir esto”, confiesa. Además, Delgado dice que tenía que tragarse las lágrimas para que su mujer, que se encontraba muy mal, no lo viera llorar. Pepa afirma que, para ella, el hecho de no poder salir a la calle no supuso ningún problema, pues estaba tan hundida, que más bien fue un alivio no salir de esas cuatro paredes.

Soledad en tiempos de pandemia puede leerse en este enlace y cuenta con contenidos adicionales como entrevistas, audios y vídeos que recogen las intervenciones completas de todas las fuentes que han dado forma a este reportaje multimedia.