El grito silencioso

- ACTUALIDAD - 27 de septiembre de 2022
Dra. en Comunicación y Publicidad (UCM), máster en Dirección, Comunicación y…
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El caso Roe vs. Wade (1973), cuya sentencia, hace 50 años, fue el punto de salida al aborto libre en Estados Unidos, es el centro narrativo de la película El grito silencioso: el caso Roe v Wade (2021). Estrenada este fin de semana en España, cuenta la historia real de esos acontecimientos. La cinta desvela las motivaciones económicas subyacentes y las trampas que se hicieron para ganar la batalla mediática, con cifras y estadísticas falsas que fueron transmitidas a la prensa, influyendo así, primero en la opinión pública y después en los jueces.

Fotograma de ‘El grito silencioso’

El filme presenta las vicisitudes basándose en hechos y testimonios reales y es narrado por el personaje que encarna al Dr. Bernard Nathanson, conocido como el Rey del Aborto. Nathanson participó de forma decisiva en la creación del movimiento proaborto. En 1969, fue cofundador de la Asociación Nacional para la Revocación de las Leyes contra el Aborto (NARAL), rebautizada posteriormente como Liga Nacional para la Acción por el Derecho al Aborto; también fue director en Nueva York del Centro de Salud Reproductiva y Sexual, que entonces era la mayor clínica abortista del mundo. El doctor Bernard Nathanson tenía 35 médicos y 85 enfermeras a su cargo, y en la clínica practicaban 120 abortos cada día en 10 quirófanos, con unas ganancias económicas estratosféricas. Gracias a estos ingresos, el doctor Nathanson tenía barcos, avionetas, fincas, casas, mujeres… tenía una existencia superficial construida sobre la base de una gran mentira, la mentira que él mismo reconocería más tarde: que la persona en el vientre materno no tenía ningún valor.

El Dr. Bernard Nathanson realizó, personalmente, más de 75.000 abortos hasta que, viendo imágenes de la primera ecografía que tuvo a su alcance, comenzó su transformación. La nueva tecnología, el ultrasonido, le permitió observar el corazón del nasciturus en los monitores electrónicos, percibiendo de forma ineludible la vida humana en el vientre materno. Escribió un artículo sobre esto en la revista médica The New England Journal of Medicine. El artículo se llamaba Deeper into Abortion y fue publicado en noviembre de 1974. En el texto, manifestó cuál había sido su labor mucho más allá de la puramente médica: “Fuimos abiertamente militantes en este asunto y reclutamos al movimiento de mujeres y al clero protestante en nuestras filas. Utilizamos todos los medios disponibles para los grupos de acción política, como el panfleteo, las manifestaciones públicas, la explotación de los medios de comunicación y el lobbying en las cámaras legislativas correspondientes”. Una gran mentira traía otras mentiras: él miente, la prensa miente, los abogados mienten y, finalmente, los propios jueces acaban mintiendo, hasta que una visión nueva le abre los ojos. A partir de la primera visión en la ecografía comienza a verlo/reconocerlo todo. A partir de ahí, el Rey del Aborto se comprometió con el movimiento provida, se convirtió después al catolicismo, produjo el documental homónimo, El grito silencioso (1984), con la filmación que dirigió él mismo de una ecografía mientras realizaba un aborto. Nathanson escribió ya todo su periplo en un libro llamado La mano de Dios (1997), pero esta película es la primera ocasión de ver en ficción la historia del médico Bernard Nathanson, en primer plano, sobre el fondo del caso Roe vs. Wade y de conocer el camino del paso de la mentira a la verdad.

La película, dirigida por Cathy Allyn y Nick Loeb, y protagonizada por este último, fue realizada tres años antes de que, el pasado 24 de junio de 2022, el Tribunal Supremo de Estados Unidos declarara que “la Constitución no confiere un derecho al aborto”.

Se deroga así un supuesto derecho que fue hecho ley para legalizar una práctica y despenalizar la responsabilidad de unos seres humanos verdugos, que, desatendiendo su juramento hipocrático, pasaban a ejecutar un consentimiento humano, frágil, falto de pleno discernimiento y de libertad, de madres, que, sin saberlo, autorizaban la sentencia a muerte de otros seres humanos indefensos, sus hijos.

El ser humano es persona desde el primer instante de su concepción, según un documento firmado por médicos, católicos y no católicos: “Defendemos y manifestamos que deben salir de nuestras leyes los falsos derechos y el negocio e intereses ideológicos que los sustentan”, subrayaban en un manifiesto provida en España, con motivo del Día Internacional de la Vida, el 25 de marzo de 2022.

El aborto se entiende como la interrupción del embarazo cuando el ser en potencia es aún completamente indefenso, desvalido. La Ley del Aborto plantea el supuesto derecho a que puedan ser eliminados los seres humanos en potencia, los indefensos, como si en una guerra existiera el derecho a matar a los heridos y no darles una oportunidad a la vida, olvidando el afán médico y el rescate de Hasta el último hombre (como recordaba la película dirigida por Mel Gibson en 2016), como si se concediera el derecho a acabar con aquellos que, por su condición existencial en algunas regiones de nuestro planeta, están indefensos y necesitan de la ayuda de otros para poder alimentarse y vivir, como si se concediera un derecho a desatender y dejar morir a los ancianos desvalidos, un derecho a ejecutar a aquellos hombres que, por estar en un país en conflicto (Alemania, Ucrania o Rusia, pero también Venezuela o Irán o Somalia, Chad o Etiopia), no pueden salvar sus vidas sin la ayuda de otros… ¿Se trata, por tanto, con estas leyes, de deshacerse de aquel ser humano que no se vale por sí mismo? “Pero, el ser humano más desprotegido, el no nacido, ¿no es acaso como el niño que también en sus primeros meses de vida necesita de los otros para salir adelante?”. Así argumenta en el aula el profesor de Derecho de El grito silencioso.

Algunas críticas a la película hablan de que se aleja del arte, vienen a decir que es un panfleto o alegato, pero tal vez porque argumenta sobre cuestiones incómodas. El cine como arte aparece anticipado en el texto de Bela Balazs El hombre visible (1924), el autor que escribió en su dedicatoria “Dios mío, no quiero nuevas visiones, dame ojos nuevos”. En el libro del autor húngaro, el hombre se hace visible gracias a la cámara de cine que devuelve el rostro, la atención y la belleza a aquello que en la vida real nos pasa desapercibido. De igual modo, en esta película es el ecógrafo quien devuelve la visión de las cosas al médico ciego Nathanson. El grito silencioso entraría en el que algunos han denominado un subgénero cinematográfico de drama legal (Testigo de cargo, 12 hombres sin piedad, Matar un ruiseñor, El inocente, Legitima defensa, Algunos hombres buenos, The rainmaker…)

La película argumenta y los protagonistas, aunque en alguna ocasión de forma un poco forzada por la realización, dialogan por los paisajes del filme, como los personajes en un cuadro del Renacimiento. Dialogan y nos transmiten ideas que puedan hacernos reflexionar sobre las cosas, que puedan darnos una nueva mirada y ¿no es acaso eso el arte?

La película es valiente y presenta una visión diferente a la mayoritaria, al pensamiento único en el séptimo arte. Los personajes disertan, pero deben disertar para que se puedan escuchar otros argumentos. Nos hemos desacostumbrado a oír, hablar, razonar, discutir… sobre cosas profundas, como hacía Dante nel mezzo del cammin di nostra vita o como hacía Fra Angélico en sus frescos en el Convento de San Marco, o Dostoievski o Mozart, pero también san Francisco de Asís o santa Teresa de Calcuta: “Un país que acepta el aborto no le enseña a su gente a amar, sino a utilizar violencia para conseguir lo que quieran. Es por esto que el mayor destructor del amor y de la paz es el aborto”, afirmó la religiosa ante la clase dirigente norteamericana, en el Desayuno de Oración Nacional que tradicionalmente se celebra cada año en Washington, DC.

Para aquellos que critiquen películas como El grito del silencio por disertar o aleccionar, sin ser más bellas, recordarles que hay muchas películas absolutamente vacías en un envoltorio de montaje, luz y sonido embriagador. Confundimos, pues, el arte con la belleza vacía o incluso con obras repletas de fealdad subyacente, bajo formas creativas aparentemente bellas. El grito silencioso saca a la luz no solo el entramado detrás del juicio que dio inicio a la legalización del aborto en Estados Unidos, sino también alumbra sobre la verdad de la propia vida.

Fotograma de ‘El grito silencioso’

La película es valiente porque cuenta las cosas con nombres y apellidos, porque no vacila en señalar a la empresa Planned Parenthood, porque en la búsqueda de la verdad arrastra a quien se construye sobre falsos naipes, sin importar las represalias. Sirva como ejemplo consultar la página de Planned Parenthood donde se puede encontrar aún este alegato contra El grito silencioso. La principal empresa abortista de Estados Unidos intenta desmontar la afirmación que se hace en la película de que un feto no se diferencia del resto de nosotros y explica: “Un feto de 12 semanas no se puede comparar de ninguna manera con un ser humano completamente desarrollado. En esta etapa solo existen sistemas orgánicos rudimentarios. El feto no puede vivir fuera del útero de la mujer, no puede pensar; no puede respirar. Es un feto en el útero, con el potencial de convertirse en un niño”.

¿Y no somos acaso en potencia todos, no somos más que sistemas orgánicos rudimentarios tratando cada día de ser humanos? Sin tocar el dolor de las madres que dudan, que temen, que sienten que no quieren dar a luz, hay gente que asiste, que practica el aborto que no está nublada por las emociones y que no quiere ver qué está haciendo realmente. ¿No somos cada día, todos, en potencia, tratando de ser hombres? Levantándonos de las tinieblas de las bajezas más inhumanas, como las describiría Levy en Si esto es un hombre (1947) y tratando de salir a la luz.

Si somos capaces de maravillarnos ante un amanecer que está iniciando, ante las primeras gotas del rocío de la mañana, ante los brotes incipientes de una planta después del invierno, ante el alumbramiento de las ballenas, pero no somos capaces de conmovernos, de asombrarnos ante la belleza de la vida humana latente y que se está esbozando en potencia, los que no merecemos llamarnos seres humanos somos nosotros.

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