El conflicto entre Israel, Estados Unidos e Irán ha paralizado la región de Oriente Medio y ha causado que numerosas personas se queden atrapadas en un país ajeno, como ocurrió con un grupo de peregrinos españoles.
El viaje
La travesía comenzó como tantas otras: un itinerario lleno de lugares históricos, celebraciones religiosas y la expectativa de recorrer algunos de los escenarios más conocidos del cristianismo. Durante los primeros días, visitaron ciudades y enclaves bíblicos, acompañados por el guía local Osama, quien les explicaba cada parada del recorrido, y quien luego resultaría ser una de las figuras de serenidad del viaje.
“Nosotros íbamos con bastante tranquilidad”, recuerda Rafa, uno de los peregrinos con los que ha hablado Mirada 21. La confianza en la organización del viaje y en las indicaciones del guía ayudó a mantener esa sensación de normalidad mientras continuaban con las visitas programadas por los puntos destacados de la región.
En Nazaret, visitaron la Basílica de la Anunciación, donde se quedaron a la adoración con unos franciscanos de la zona. Rafa estaba muy sorprendido por el aspecto de la ciudad, pues aunque atraiga al turismo, no está enteramente desarrollada: “Nazaret es la zona más pobre de toda Galilea, y está muy abandonada. O sea, que María y José eran humildes no, lo siguiente”. Y continuaron: Caná, el Monte Tabor… todo como estaba previsto.
“Nazaret es la zona más pobre de toda Galilea, y está muy abandonada”, comenta Rafa.
Así, llegaron al día 28 de febrero. De camino a la Iglesia de las Bienaventuranzas, comenzaron los problemas. A los tres cuartos de hora de viaje, todos los teléfonos comenzaron a sonar y a emitir un mensaje de alarma en hebreo e inglés. El Gobierno israelí les avisaba de un posible ataque y les ordenaba buscar refugio.
Ya en misa, volvió a sonar la alerta. “Claro, nosotros no sabíamos por qué era, y nos dicen los de ahí que Estados Unidos e Israel habían atacado Irán”. Ellos continuaron con el itinerario hacia Cafarnaún, y en el viaje en autobús escucharon una detonación en el cielo y otra alarma en sus móviles. El ataque ya había empezado.
Las sirenas
El grupo se trasladó a la Casa Nova de los franciscanos, donde los cazas y los misiles se oían mucho más cerca. “Estaba hablando con mi hermana y, de repente, dejamos de hablar porque suena un petardazo que hace temblar los cristales. Ya estaban mucho más cerca”, cuenta Rafa. Aun así, la moral del grupo no había decaído y, aunque hubiera miedo, tanto los sacerdotes que iban con ellos como Osama aportaron calma y tranquilidad.
El resto de la noche transcurrió de la misma manera: “Estuvimos hasta las doce de la noche con varios ataques, varias pasadas de cazas y el sonido constante de las sirenas”. Era la primera vez que las escuchaban, y, a partir de ese momento, su sonido característico les acompañó el resto del viaje, y después de él. Casi no durmieron, y a las cinco de la mañana ya estaban despiertos, gracias al muecín que llamaba a la oración en pleno Ramadán.
“Estuvimos hasta las doce de la noche con varios ataques, varias pasadas de cazas y el sonido constante de las sirenas”, explica Rafa.
A la mañana siguiente, ignorando las alarmas, se dirigieron a Jerusalén. “Osama nos había aconsejado confiar en la famosa Cúpula de Hierro, que luego comprobamos que funcionaba, y que no nos pasaría nada”, señala Rafa. Continuaron su peregrinación en el Monte de los Olivos y el Getsemaní, y acabaron llegando al hotel. “El estrés de los últimos días ya se notaba, y estábamos muy cansados”. Sin embargo, las sirenas no les dejaron descansar. Rafa cuenta cómo tuvieron que meterse y levantarse de la cama un total de cinco veces, entrando y saliendo del refugio. A lo largo de la noche, nueve personas perdieron la vida por un misil que cayó a 30 kilómetros de Jerusalén. El que más cerca estuvo del grupo impactó a cuatro kilómetros de donde estaban: “En ese momento, el cuerpo se te queda agarrotado, sin poder moverse, y todo el mundo se quedó callado, pensando que, si el primero había fallado, el segundo acertaría”.
“En ese momento, el cuerpo se te queda agarrotado, sin poder moverse, y todo el mundo se quedó callado, pensando que, si el primero había fallado, el segundo acertaría”, cuenta Rafa.
La gravedad de la situación era evidente, pero el grupo mantuvo la calma durante toda la noche. “Estábamos tranquilos”, explica Rafa. “Creo que ayudó mucho que fuéramos un grupo de peregrinos y que hubiera sacerdotes con nosotros”. Ya por la mañana, tomaron una decisión: abandonar Israel y continuar el viaje hacia Jordania.
La salida
El trayecto por carretera hasta la frontera transcurrió entre largas rectas desérticas y carreteras casi vacías. “Parecía que íbamos prácticamente solos”, recuerda Rafa. El paso fronterizo fue lento. En el lado jordano tuvieron que esperar cerca de dos horas mientras revisaban la documentación del grupo, y tuvieron que despedirse de Osama. Una vez superado ese trámite, el ambiente empezó a relajarse. En Jordania, pudieron continuar parte del itinerario previsto de la peregrinación y visitar algunos de los lugares más significativos del país. Entre ellos, el Monte Nebo, desde donde, según la tradición bíblica, Moisés contempló la Tierra Prometida. “Desde allí, se ve todo el valle del Jordán y el mar Muerto”, explica Rafa, quien añade: “Celebramos misa allí, y fue un momento muy especial”.
«Desde allí se ve todo el valle del Jordán y el mar Muerto», cuenta Rafa, hablando del Monte Nebo.
La última incertidumbre llegó en el aeropuerto de Amán, capital de Jordania. El grupo tenía previsto volar por la tarde, pero al llegar comenzaron a ver cómo algunos vuelos eran cancelados en el panel de salidas. “Empezamos a pensar que igual no salíamos”, recuerda. Finalmente, pudieron hacerlo. El vuelo desde Jordania hasta Turquía lo hicieron en dos tandas, pero se reunieron todos en Estambul. “Ahí, ninguno supo del misil dirigido a Turquía que interceptó la OTAN, parecía que nos perseguían”, comenta Rafa.
Desde Turquía, volaron, por fin, a Madrid. Sus familiares los recibieron en el aeropuerto y los llevaron a casa. Aunque han vuelto, Rafa cuenta cómo aún nota el cansancio y la tensión del viaje: “He soñado alguna vez con las sirenas, se me han quedado en la cabeza”. “Cuando llegas a casa, es extraño”, añade Rafa. “Pasas de estar oyendo sirenas a estar en un sitio completamente tranquilo. Después de algo así, valoras mucho más las cosas”, concluye.
