Corresponsales de guerra, el precio de la verdad

- ACTUALIDAD - 6 de mayo de 2024

En su mirada existen relatos que merecen ser contados. Aquellas historias que emergen de ciudades devastadas, en medio de sonidos ensordecedores y llevan consigo el peso de la adversidad. Aquellas que se escriben entre los escombros y sobreviven gracias al anhelo de un mañana mejor. Esa realidad que para algunos es distante, pero para otros es una batalla constante para informar al exterior sobre la verdad de lo que les rodea. Aquellos relatos que muestran el compromiso y la dedicación de personas que arriesgan sus vidas para llevar la verdad hasta los ojos del resto. «Qué importante es estar en algunos sitios para poder contar esas historias que si no, no llegan», asegura Diana Rodríguez, periodista de Internacional en Onda Cero.

La violencia y el persistente olor a ceniza han marcado el amanecer desde el inicio de la guerra en Ucrania, en febrero de 2022, un conflicto que ha obligado a más de 14 millones de personas a abandonar sus hogares. La muerte ha ensombrecido también los cielos de Tierra Sanra, y en el actual conflicto de Oriente Medio, más de 35.000 vidas se han perdido. Guerras en las que también aparece el miedo. Durante las últimas dos décadas, han sido asesinados un promedio de 80 periodistas por año, lo que suma un total de 1.680 periodistas muertos entre 2003 y 2022. Los corresponsales de guerra, inmersos en la violencia, la muerte y el temor que asolan estos conflictos, son los cronistas de estas historias que les dejan heridas, a veces invisibles.

La tasa de prevalencia del trastorno de estrés postraumático (TEPT) es del 28,6%, y la de depresión es de un 21,4%, cifras que exceden las encontradas en la población general. Un estudio liderado por el profesor Anthony Feinstein, y divulgado en Americal Journal of Psychiatry, reveló que los periodistas que cubren conflictos bélicos presentan síntomas severos de depresión y ansiedad, en comparación con aquellos que no reportan desde zonas de guerra. 

Desde tierra

El 8 de septiembre de 2023, un terremoto de magnitud 6,8 en la escala Richter azotó a la provincia de Al Haouz, aproximadamente a 73,4 kilómetros al suroeste de Marrakech (Marruecos). Este terremoto, que es el más fuerte registrado en Marruecos, causó la trágica pérdida de 2.960 vidas y más de 5.674 heridos. Diana Rodríguez estuvo allí como enviada especial. «Una vez coges el avión, sabes a lo que vas y te sale el espíritu de supervivencia», afirma.

“He venido a contar lo que pasa, pero, sobre todo, a sobrevivir”, afirma Rodríguez. 

Rodríguez, a su llegada, se encontró zonas completamente devastadas, edificios derruidos y comunidades enteras en ruinas. «El impacto es gordo», asegura. La magnitud del desastre era «abrumadora» y el miedo aparecía, especialmente, cuando volvía a ocurrir: «Cuando había una réplica, salíamos corriendo y pensábamos que era el fin del mundo».

Para Diana Rodríguez, la labor periodística va más allá de un empleo. «Es muy vocacional, por eso se hace», explica. Su objetivo es dar voz a quienes no la tienen, para que el mundo conozca sus historias. Este compromiso le ha llevado a lugares donde la tragedia es la norma, no la excepción. «Qué importante es estar en algunos sitios para poder contar esas historias que, si no, no llegan», reflexiona. 

«La niña no sonreía, no había llegado a aprender a sonreír», enfatiza la periodista. 

Una de las historias que más le marcó fue la de una niña de cinco años en un campo de refugiados en Siria. «La niña no sonreía, no había llegado a aprender a sonreír», recuerda. Diana Rodríguez pasó tiempo con ella, intentando enseñarle algo tan humano como una sonrisa. La niña simbolizaba la pérdida de inocencia y la dureza de la vida en zonas de conflicto. «Ha visto tanto horror desde su nacimiento que no aprendió a sonreír», asegura la periodista.

A través de su experiencia, Diana Rodríguez ha conocido a personas que, a pesar de sufrir las peores circunstancias, sueñan con un futuro mejor. «Mi sueño es ser médico y periodista: médico para curar a toda mi familia, heridos en la guerra, y periodista para contarle al mundo lo que se está viviendo aquí», le confió un joven del campo de refugiados.

«Lo ideal es no llevar el trabajo a casa», aconseja Rodríguez. 

Los recuerdos de desesperanza e historias no contadas, a menudo, siguen a los periodistas mucho después de haber dejado el campo de batalla. Estos recuerdos pueden convertirse en visitantes frecuentes en los momentos más íntimos y cotidianos, invadiendo el espacio que debería ser un refugio seguro del mundo exterior. Cuando los periodistas de guerra empacan sus equipos y se preparan para el retorno a la calidez de sus hogares, no siempre logran dejar atrás el peso de las experiencias vividas. Rodríguez destaca que «lo ideal es no llevar el trabajo a casa». 

La herida oculta 

Aldara Martitegui, psicóloga especializada en el cuidado de la salud mental de periodistas, lidera The Self -Investigation, un programa diseñado para dotar a estos profesionales de las herramientas necesarias para gestionar el impacto emocional de su labor. «Estamos viendo grandes periodistas que están dejando de trabajar porque no tienen recursos para gestionar cómo esto afecta a su salud mental», explica Martitegui. 

La inspiración para The Self-Investigation nació de la propia experiencia de Martitegui. Anteriormente periodista, ella contempló dejar la profesión debido a su incapacidad para gestionar el estrés y el trauma que acumulaba. En su lugar, optó por formarse como coach y fundar este proyecto, que no solo le ayudó a reconectar consigo misma, sino que ahora asiste a otros periodistas a hacer lo mismo. Su objetivo es claro: evitar que otros periodistas enfrenten las mismas dificultades que ella experimentó.

“Enseguida nos contagiamos del sufrimiento”, asegura Martitegui. 

El trabajo de un periodista de guerra es un constante desafío personal y profesional que implica estar expuesto al dolor ajeno de manera prolongada. «Enseguida nos contagiamos del sufrimiento», afirma Martitegui. Este tipo de exposición puede derivar en lo que Martitegui describe como trauma vicario —el trauma que se experimenta a través del sufrimiento de otros—, y afirma que está bien documentado, pero insuficientemente abordado en los entornos de trabajos periodísticos. «Esta vida de periodista es una profesión de alto riesgo para la salud mental», enfatiza. 

La misión de Aldara Martitegui con The Self-Investigation es proporcionar a estos periodistas herramientas para gestionar su bienestar, fomentar momentos de conexión consigo mismos y encontrar espacios de calma en un entorno que rara vez los permite. Martitegui enfatiza la importancia de «parar un momento, cerrar los ojos y escucharte», una práctica que invita a los periodistas a reconectar con su propia humanidad y sabiduría interna. Esta reconexión es vital no solo para su salud personal, sino también para la integridad de su trabajo.

«No olvidarnos nunca el sentido de ser periodista”, explica Martitegui. 

Martitegui señala que la presencia de pesadillas o el revivir experiencias dramáticas son indicadores clave de que podría ser necesario buscar ayuda psicológica. A su vez, afirma que hay que ajustarse a un papel más de «observador» que de «parte del conflicto». Además, resalta un mensaje para todo periodista de guerra: «No son la noticia, están aquí para prestar un servicio».

Bajo la constante sombra del peligro, los corresponsales de guerra se enfrentan a riesgos significativos todos los días para poder realizar su trabajo esencial de informar al público. El precio que pagan por llevar la verdad al mundo no solo es físico, sino también mental, ya que viven situaciones estresantes y, a menudo, traumáticas. En respuesta a estas dificultades, diversas organizaciones están surgiendo con el propósito de ofrecer apoyo y recursos necesarios para ayudar a estos periodistas a gestionar los problemas que enfrentan en el campo y que pueden obstaculizar su capacidad de cumplir con su misión. Gracias a este soporte vital, la información sigue fluyendo y asegura que la sociedad permanezca informada.

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