Romper cadenas

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Kaley Dykstra

Tras ver las reacciones que han producido que dos personas hayan deseado la muerte de un niño con cáncer porque quiere ser torero, sigo convencido de que el único antídoto contra el odio es el amor. Al menos, el único eficaz…

Lo siento por el dictadorzuelo que todos llevamos dentro. Ese al que le gustaría solucionar los hechos que le indignan a base de golpes directos y cirugía militar de todo punto higiénica. Desde un buen pepinazo con un dron para los cabecillas de una banda terrorista hasta el escarnio público con su correspondiente “que se pudra en la cárcel” para el inconsciente que, desde el anonimato, aprovecha las redes sociales para mostrar una humanidad desnaturalizada por su ausencia total de compasión.

¿Qué sentir y pensar tras escuchar estas conductas frente a un niño gravemente enfermo? Me alegré de que la pena y la tristeza superaran en mí a la aversión. Y después me pregunté: ¿Qué debe haber en el corazón de esas personas para proferir semejantes exabruptos? Probablemente, muchas cosas imposibles de atisbar desde mi posición, aunque todas confluyentes en una misma realidad: odio interior.

“La realidad es que solo hay dos tipos de personas: las que odian y las que aman”.

No obstante, la corriente general de opinión generada en los medios de comunicación se ha construido, en primera instancia, azotando al muñeco en la plaza pública hasta que el conductor del espacio y sus tertulianos han finalizado su desahogo personal y la catarsis colectiva correspondiente frente a los autores. El insulto, la calumnia y el ensañamiento repetido por casi todos podría humanamente entenderse mejor que la conducta desalmada de los agresores de las redes sociales. Sin embargo, no es responsable ni añade nada al análisis del hecho ni de las causas que lo provocan para tratar de que no suceda en el futuro.

A continuación llegó la etiqueta #AdrianTeVasACurar con muchos mensajes de apoyo al pequeño, pero también un ataque masivo de bilis contra los autores. Y después, todos enzarzados: taurinos y antitaurinos, animalistas y humanistas y “ojo por ojo, hasta que el mundo se quede ciego”, que diría Gandhi. Al final, varios tuiteros dieron datos sobre la empresa en la que trabajaría una de las agresoras, lo que provocó un tsunami de llamadas y mensajes aberrantes que llevaron a este negocio a aclarar que esa persona no trabajaba allí desde 2009.

A partir de ahí, empezamos a decir: ¿Qué sociedad estamos construyendo para que aparezcan individuos de esta condición? Volcaremos nuestro pesimismo interior sobre la sociedad en general: ¡Vaya falta de educación! Y los mayores responsables son como siempre los políticos, que han sido incapaces en los últimos 40 años de hacer un pacto por la enseñanza en España con criterios unificados. ¡La juventud no tiene valores! apostillarán algunos de la misma manera que lo hacía Sócrates en sus discursos de hace 2.500 años.

“El infierno son siempre los otros”, decía Sartre. En expresión más castiza, aquí echamos siempre la culpa al empedrado o buscamos un chivo expiatorio. Antes al contrario, creo que la paz y la armonía la construimos todos. Cada uno es agente necesario para romper la cadena del odio; la personal, la que existe en su familia y en la sociedad.

Mucha gente, especialmente los superdemócratas, piensa que el peligro está solo en los animalistas, marxistas, capitalistas, populistas, ultraliberales, neonazis, ultracatólicos etc. Es verdad que, para las personas que viven en esta maniquea actitud existencial, sus ideas son solo maneras de canalizar la frustración personal que les provoca que las cosas no sean como ellos quisieran que fuesen. Una necesidad de dominio y control sobre todo y sobre todos para mitigar su miedo. Son ropajes, armaduras para protegerse y atacar; atacar y protegerse.

En el fondo, la realidad es que solo hay dos tipos de personas: las que odian y las que aman. Unos generan violencia, muerte y destrucción; los otros, paz y felicidad a su alrededor.

Una vez que investigaba sobre el concepto de paz, descubrí que, para que existiera, debían darse unidos dos componentes aparentemente contradictorios: la justicia más el perdón. Ojalá los jueces determinen si detrás de tanta infamia hay delitos de injurias y ofensas al honor del pequeño Adrián y condenen esas conductas. Así y con la misma fuerza reine la misericordia con los que, como poco, se ve que no saben lo que hacen.