Rabia perpetua

Teo es un chico de dieciséis años que se lo cuestiona todo. Está en el sofá de su casa, en una esquina, encogido para no tocar a la otra esquina del sofá, donde se sienta su madre con los pies descalzos sobre la mesa de café. Están viendo una vieja película de 1994, en la que unos prisioneros tratan de construir su vida en la cárcel, conscientes de que nunca saldrán. Se titula Prisión Permanente Revisable. Y se revisa, efectivamente; en la película, ambientada en la América de los años cincuenta y sesenta, Morgan Freeman pasa cada cierto tiempo por un tribunal que le estima peligroso y no rehabilitado, a pesar de su negra sonrisa de buena persona. El bueno de Morgan, acaba asumiendo que su mundo está entre los muros de la cárcel de Shawshank.

Teo es un chico curioso y se extraña al ver a su madre emocionada ante el relato de Tim Robbins, el prota de la peli. Parece encogida, empática, todo corazón hacia los presos de la pantalla de 1994. Pero su madre se había alterado la semana pasada frente al mismo televisor cuando algunos políticos debatían sobre otros presos que debían pasar su vida en la cárcel, como Robbins y Freeman. Sólo que los presos de los que hablaba la tele, entonces, no tenían cara ni nombre porque no existían, y si lo hacía, en el imaginario político, eran miserables humanoides capaces de las mayores atrocidades. Ellos sí merecían su Prisión Permanente Revisable, y de verdad, para siempre, y no por dos horas y media aceleradas. Producían calor, pero de otro modo.

“A un niño lo mataron en Córdoba y ya estaba escribiendo en las redes que había que matar y torturar a la asesina. Teo sintió miedo”.

Teo es un chico que no se cree demasiado de nada y lee la prensa por internet; la prensa y otras cosas. Teo viaja hasta su ordenador y recurre a Google. Busca esa Prisión Permanente que existe en su país, y lee que los políticos de la tele, los de verdad, quieren que la pena se revise después de veinticinco años; le parece que Morgan Freeman esperaba mucho menos, pero en la película cualquiera sabe a qué velocidad se mueve el tiempo. Busca otros países. En Alemania, Francia o Dinamarca existe una Prisión Permanente, sólo que se revisa a los diez años, o a los quince en los más duros; además, en todos estos casos, el jurado debe demostrar que el reo sigue siendo peligroso, o de lo contrario será libre; en España el jurado funciona justo al revés, y ante la duda, seguirá en prisión. Teo tiene dieciséis años y no es capaz de imaginarse veinticinco encerrado.

La semana anterior, en el instituto, un profesor les explicó que en el Mediterráneo están muriendo miles de personas cada año y que en Europa no se hace nada y no se quiere; y que entre los muertos hay niños y que mueren porque huyen de una guerra y porque Europa los deja morir en el mar. El profe les enseñó una foto de un niño muerto, hacía dos años, de nombre Aylan. Teo es un chico imaginativo y se le ocurre pensar en los padres de Aylan, o más aún, en los padres de otros niños que ven morir a ese niño a través de la tele, al otro lado del mar. Piensa en esa rabia y en esa sed de venganza. ¿Pedirían venganza aquellos padres?,¿pedirían muerte?, ¿de quién?Teo es un chico que intenta comprender a sus padres. Le está costando con su madre, pero sabe que con su padre puede ser aún peor. Su padre quiere sangre cuando siente rabia. A un niño lo mataron en Córdoba y ya estaba escribiendo en las redes que había que matar y torturar a la asesina. Teo sintió miedo. Quería venganza, para los padres y para él, que era quien sentía rabia frente a la tele.

A Teo no le gustaría encontrarse con un señor extranjero, del otro lado, pidiendo venganza igual que a su padre. Y le da miedo, porque la sed de venganza, cuando se expande, da mucho miedo.