Porque la historia gusta de repetirse, hemos de conocerla

Tras los últimos acontecimientos en Chile, destrozando e incendiando templos, quemando imágenes religiosas, de los que nuestra prensa nacional no se hace eco, se me hace presente la sistemática persecución a los curas y a la Iglesia en todas partes, desde el anarquismo español de principios del siglo XX, al feminismo radical y la ideología género del XXI, que tienen una “cruzada” particular.

Según estaba pensando sobre esto me llega la noticia de los vándalos que han asaltado y quemado la Ermita del Santo Sepulcro de Tauste, en Zaragoza. Animados tal vez por la euforia desatada por el acuerdo entre el PSOE y Podemos, bajo el lema de “arderéis como en el 36”, han hecho su particular lectura de su sesgada memoria histórica. Recuerdo, pensando sobre esta animadversión radical populista contra la iglesia, un artículo de hace unos años interesantísimo. Publicado por Alfonso Vila Francés, titulado: “Si no quemamos herejes, quemaremos curas”, dice así: “Sí, el fútbol es muy importante para la paz social, pero hemos venido aquí a hablar de curas, en concreto de curas quemados, quemados dentro de sus iglesias y conventos o quemados en las plazas de sus propios pueblos, al modo tradicional, y para hablar de curas quemados hay que hablar de toros… ¿Qué curioso, no?” –se pregunta él mismo y nos introduce un poema famoso en Cataluña: “La rima es muy fácil, pero es demoledora: tan demoledora como la simplicidad feroz de la historia: había corrida en Barcelona. Salieron seis toros, y los seis eran malos… ¿Y qué pasó?”

El día de Sant Jaume

De l´any trenta cinc,

Va haver-hi bullanga

Dintre del turín.

Van sortir sis toros,

I tots van ser dolents,

I aixo va ser la causa,

De la cremà de convents.

Manuel Delgado, profesor de antropología religiosa en la universidad de Barcelona, nos transcribe en su libro La ira sagrada. Anticlericalismo, iconoclastia y antirritualismo en la España contemporánea (Vila 1992), una crónica detallada de lo sucedido: «A primera vista parecerá absurdo el motivo y la reacción airada y sangrienta de las turbas: estas salían de los toros aquel sábado día 25 de julio, fiesta de San Jaime. Se lidiaron seis toros […] que resultaron absolutamente mansos. El público perdió los estribos y la vergüenza. En el último toro del festejo se lanzó al ruedo, lo mató a garrotazos, destrozó la plaza y sacó al animal a rastras por las calles. Después arrastraría los cadáveres de los frailes, mientras se alzaban las hogueras de los conventos en la noche barcelonesa».

Se exhumaron cadáveres de monjas que descansaban en las criptas de sus conventos y se exhibían clavados en picotas en las calles. La pregunta que se hace Alfonso Vila (1992) es la que nadie se hace, y que, si se hace, no es en clave girardiana, que es donde se vuelve diáfana: “Pero ¿cómo pudo pasar eso?” o, “¿qué tendrá que ver una corrida de toros mansos con la quema de conventos, de frailes y monjas”?

Si fuera literatura tendríamos enseguida una razón tranquilizadora, pero es historia. La tragedia griega intentaba canalizar las iras de las multitudes sobre los sucesos del escenario para que las turbas calmasen su sed de sangre. Ya no se puede interpretar el teatro, los toros, las fiestas, la política y sus liturgias carnavalescas, sucedáneos de la tragedia, de lo dionisiaco, sin Girard.

«Las manifestaciones callejeras que empiezan quemando contenedores, bancos, asaltan tiendas, acabarán incluyendo Iglesias».

Alfonso Vila, Manuel Delgado lo intentan, parecen acercarse al escándalo, pero no van más allá, y moviéndose en el filo de lo políticamente correcto y desde el paradigma de la acción-reacción, crimen y venganza, solo saben recurrir a la reciprocidad mirando a la historia de los crímenes cometidos en nombre de la Iglesia. Se quedan perplejos por esa asociación indebida, incomprensible, que no acaban de entender, les sale la misma ferocidad auto justificadora que se dan siempre a sí mismos los verdugos: “ellos, los curas, mataron antes…” en la noche de los tiempos, en la Inquisición y sin darse cuenta caen en el estereotipo de las simetrías justificadoras de la venganza mimética, aunque con siglos de distancia. O, más sutilmente, derivan la culpa de forma rebuscada. Los antisistema de todos los siglos, anarquistas o resentidos con mil caras, para ellos, no fueron los causantes de esa catástrofe que -como almas sensibles- les escandaliza, sino que fueron instigados por una burguesía que canalizó hacia la iglesia la furia para luego quedarse con sus posesiones y riquezas a bajo coste (desamortización de Mendizábal, o expropiaciones, o nacionalizaciones diversas).

¡Pero qué más dan los siglos! El desfase histórico es salvado con la conclusión basada en que “todo en este mundo se rige por la reciprocidad”. La corriente ha vuelto a su cauce, las cosas vuelven a su lecho natural, tienen lo que se merecen: todo se ha cumplido. Lo que los mitos leídos por Girard nos anunciaban, a saber, que eran la plasmación mítico-ritual de los hechos dolosos-históricos-ocultos desde “la fundación del mundo”, se han vuelto reversibles. Ahora los mitos se han hecho historia: la envidia mimética entre las naciones, las escaladas a los extremos de los rivales, los chivos expiatorios modernos, las resoluciones políticas e ideológicas sacrificiales, los linchamientos colectivos, las fiestas taurinas o deportivas, son la enésima repetición de los mitos arcaicos reencarnados. Las manifestaciones callejeras que empiezan quemando contenedores, bancos, asaltan tiendas, acabarán incluyendo Iglesias.

No trato de entender la quema de iglesias en Chile, sino el fenómeno que envuelve, en una escalada de destrucción incontrolada, a las masas contra la Iglesia.

Los sistemas políticos postmodernos ocultan que su forma de mantener el orden es sacrificial, como lo fueron los antiguos sistemas totalitarios (después de la muerte de Dios –nuestra víctima por excelencia- no queda más sentido que el arte, como decía Nietzsche). Los sistemas democráticos han fraguado su propio sinsentido: justificar un sistema más sacrificial que el que erradicó el cristianismo con relativo éxito.

Es verdad que, desde la tiranía buenista que imponen las mayorías, parece que todo está justificado, pagado, normalizado. El bien de los que son más requiere el sacrificio de lo que son menos. Pero es una salida en falso, es solo el envoltorio de una violencia taimada y criminal que espera su oportunidad para desatarse llena de rabia. La políticamente débil y correcta democracia se dan cita con las masas de resentidos insatisfechas que hacen catarsis irracional contra los templos. Los mecanismos que los ritos, las fiestas, el deporte, y la política nos prestaban para esta catarsis ya no funcionan. El simulacro de ojos sanguinolentos, palabras soeces, gritos, y amenazas gestuales no logran evacuar el resentimiento. El olor de la sangre y el fuego se hacen necesarios para los nuevos rituales de la religión antisistema.

El chivo expiatorio
Los animales cumplían antes esta función. Las fiestas taurinas, o el ensañamiento contra ellos ya no sirve. El mundo actual está embarcado en estimular la compasión por los animales. De hecho, ya no hay toros en Cataluña que por su mansedumbre intolerable justifiquen quemar conventos. Es más, hay grupos de animalistas que invaden granjas y se abrazan a los toros como pidiéndoles perdón con lágrimas por el maltrato. Plutarco cuenta que los atenienses le pedían permiso a la cabra, con muestras de piedad y arrepentimiento para que los dejara sacrificarla. ¿Veremos a los políticos pidiendo que retorne el sacrificio animal para no tener que matarse entre ellos –entre nosotros-, y después pidiendo perdón al toro por haberlo sacrificado? Tal vez no, pero sin recursos sacrificiales a mano, lo que hay que hacer es expulsar al último hombre que se atreva a denunciar la inútil generatriz de ídolos ensangrentados que repetimos una y otra vez.

Hay un pasaje del Evangelio, comentado por el propio Bertrand Russel en su libro Por qué no soy cristiano, el endemoniado de Gerasa, que es muy significativo. Los gerasenos después de Jesús haya sacrificado a los cerdos, expulsando sobre ellos a los demonios del pobre loco, le piden que abandone el lugar, no porque les haya arruinado su precaria economía porcina, en este caso bovina, como alega Russel, sino porque les ha dejado sin su víctima, sin su loco al que apalear, al que ataban con cadenas y soltaban periódicamente un par de veces al año para poderle echar la culpa de todos los males sucedidos. ¿A quién elegirán ahora para que les sustituya en el coso de lapidación? El pobre loco estaba desesperado, sabía cuál era su papel, por eso se autolapidaba contra las lápidas del cementerio donde le tenían encadenado, quería morir, solo que definitivamente y no poco a poco, cíclicamente.

Las manifestaciones cumplen una función social inequívoca: canalizan la crisis permanente en la que viven las sociedades humanas. Cuando no hay “motivos” para algaradas, se da una tensa espera porque la sociedad no entiende otra fórmula para la evacuación de esa rivalidad permanente entre los hombres. Porque Satán no puede expulsar a Satán sin multiplicarlo en legiones ¿Puede la violencia expulsarse a sí misma o escalará a los extremos (Carl von Clausewitz, 2010)? La opción que ha tomado la historia es seguir perpetuándose en nuevos y sofisticados sacrificios que “funcionarán” mientras sigamos queriendo ignorar lo que significan.

«Está muy cerca el olor a quemado, las algaradas callejeras en busca de alguien a quien linchar, o fusilar. Ese olor es una señal mimética que vuelve efervescentes a las masas aburridas de sus rutinas».

Pero no nos confundamos, los animales siempre ha sido vicarios, víctimas propiciatorias que a duras penas logran concitar la necesidad de las masas de sentirse fuertes. El colágeno sanguíneo es muy poderoso, pero el de la sangre humana es más potente que la del animal. La historia de la cultura no nos deja engañarnos. El devenir de la humanidad está lleno de ídolos a los que les gusta la sangre. Los pueblos se cohesionan usándola como pegamento. Si no tenemos toros, ¿hasta cuándo bastarán a las manadas humanas las fiestas populares y sus sucedáneos alcohólicos y alucinógenos? ¿Hasta cuándo los partidos de fútbol y sus caricaturas guerreras podrán canalizar la ira colectiva que no pueden volver contra sí mismos so pena de autodestrucción? Está muy cerca el olor a quemado, las algaradas callejeras en busca de alguien a quien linchar, o fusilar. Ese olor es una señal mimética que vuelve efervescentes a las masas aburridas de sus rutinas, de su represión, de su resentimiento, de su autocontención forzada. Las purgas son un mecanismo social para garantizar la calma que viene después, tras la tempestad que desatamos, durante un tiempo.

Cuando las masas salen a la calle son atraídas miméticamente por una alegría dionisiaca, destructora. Dionisos o Shiva son los dioses de la alegre destrucción. Todo está codificado desde el romanticismo, desde la necesidad de dar sentido a la vida, de llenar el tiempo anodino de causas nobles, cualquier excusa es buena para regenerar la savia social que se iba esclerotizando. El primer problema es con qué facilidad el hombre se desliza desde un pequeño bien a un magnífico crimen. El segundo es que los medios de canalización de la violencia de las masas ya no sirven. Después de la furia rival en el estadio, tras un partido entre Boca y River, las masas no se sienten satisfechas y montan un simulacro de guerra callejera entre hermanos. ¿Por qué no continuar el subidón de adrenalina canalizando el todos contra todos en un todos contra uno, inocente, que no se puede defender? El Evangelio, antes que un libro religioso, es una profecía sobre la historia, y Pilato y Caifás son esos políticos postmodernos que deciden que es “bueno que uno muera por todos”.  La historia está llena de ejemplos.

¡Dios nos libre de nuestras pequeñas verdades!