Educar en democracia

¿Enseñan en la escuela a contrarrestar los estereotipos machistas como, por ejemplo, que los hombres no lloran? ¿Integran la lengua de las minorías étnicas en situación de exclusión social? ¿Se combate de forma efectiva la pasividad frente al acoso escolar? ¿Por qué todavía es un reto la colaboración entre la familia y la escuela? Los programas de intervención en el ámbito educativo son más necesarios que nunca. Los cambios en la sociedad y las nuevas necesidades del alumnado deben hacer patente que se ha producido un cambio de mentalidad, desde la potestas grecolatina, basada en la afirmación de poder (el “porque yo lo digo”), hasta la búsqueda de la participación proactiva del alumno y su capacidad crítica para llevar la contraria al profesor, un método mucho más acorde con la democracia actual que se mira en el espejo de los derechos humanos y el respeto hacia el otro, alejada de autoritarismos de épocas pasadas y viejos patrones de dominio y sumisión. La autoridad que tenía Sócrates 400 años antes de Cristo debe ganarse demostrando que se es una persona coherente y digna de admiración, siendo un referente de actuación y transmitiendo confianza.

Los objetivos pasan, en primer lugar, por aprender a convivir, manejando el conflicto como una oportunidad para enseñar a resolverlo; en segundo lugar, por aprender a conocer, desde una doble perspectiva: de desarrollo de una cultura general y de entrenamiento en el aprendizaje cooperativo como complemento a otras formas de enseñanza; tercero, por aprender a hacer, para lo que se precisa la adquisición de múltiples competencias; y por último, por aprender a ser, lo que significa tener la suficiente autonomía y capacidad de juicio como para entender el mundo que nos rodea y a uno mismo, que es quizá la relación más complicada. Nunca había sido tan fácil el acceso a la información, pero más difícil comprenderla. Colgar una fotografía subida de tono en redes sociales puede generar falsas expectativas, conllevar chantaje y extorsión, y convertir a una adolescente en víctima de acoso sexual, haciéndose más vulnerable. Con educación y alfabetización en nuevas tecnologías, los mismos jóvenes pueden anticipar por sí solos, haciendo de adultos, las ventajas e inconvenientes de sus acciones, y tomar conciencia de que la difusión pública de una imagen en Internet puede conllevar riesgos.

Los castigos no mejoran la conducta del castigado

La forma de enseñar a madurar debe modificarse, entre otras razones, porque los nativos digitales se aburren con el castigo tradicional del copiado. Se hace acuciante la necesidad de dar más protagonismo al estudiante en su proceso de aprendizaje, conseguir que vaya cosechando éxitos y adaptar las actividades del aula para prevenir la conducta disruptiva. Esto ha de ser absolutamente compatible con la necesidad de poner límites y aumentar la eficacia de las sanciones. Democracia no es impunidad, una mala conducta debe conllevar consecuencias negativas, pero la sanción debe ser reparadora. El respeto se enseña con una voz firme y un rostro serio, sin violencia, con disciplina inductiva, de manera que el joven que ha tenido un comportamiento no deseable entienda el daño que ha hecho, se arrepienta y proponga como cosa suya algo para repararlo. Se ha demostrado que los castigos no logran el efecto corrector: el fracaso disminuye el rendimiento y provoca disgusto, miedo, odio, deseo de transgresión… La psicoeducación, al contrario, propone alternativas a la conducta desadaptativa, lleva al adolescente a expresar sus desacuerdos de manera constructiva y, puesto que la obediencia a la autoridad es para ellos el penúltimo valor, la solución puede ser una norma creada por todos que se cumpla por lealtad al grupo al que se quiere pertenecer.

El Informe de J. Delors sobre la Educación del Siglo XXI, que hoy sigue siendo piedra angular para el profesorado, subraya que la educación encierra un tesoro. Por ello, es fundamental que se enseñe a aprender durante toda la vida y a adaptarse a los contextos que no se prevén en un mundo global. El cambio educativo, lejos de ser un arma política, ha de preparar al estudiante a ser un buen ciudadano y no sólo a obtener un buen empleo. El reto es transmitir a la sociedad que otra disciplina es posible, y que funciona, aunque sea costosa en tiempo y paciencia.