La vida lenta

Escucho una canción. Y no hago nada más. Intento que mis ojos cerrados ayuden a mi cabeza a retener la melodía, a escuchar el silencio escondido entre cada nota. No hay luz cegadora en el instante en que el agudo se come al grave, lentamente, describiendo piruetas folk en este instante en el que no hay nada más en la superficie de mi debilidad.

El café echa humo. Lo sé porque lo estoy mirando fijamente. Debe estar ardiendo, pienso, si es que casi siempre se pasan con la temperatura. ¿Cuántas veces habrán lavado ese vaso? (mi reloj emite un sonido), ¿cuál es su vida útil? ¿Y la mía? De fondo, la cafetería va llenándose de ruido.

Oblak saca de puerta. Largo. Hay un lío tremendo en el centro del campo. Gabi se hace con el balón y lo templa, visualiza el pase y lo amaga, Costa está en fuera de juego. Finalmente pasa corto. A Saúl. (Mi teléfono escupe vibraciones inoportunas). El joven futbolista de la selección mete un pase a profundidad a Griezzman que acaba disparando fuera.

Mi hija se está riendo. Ella no sabe que hay un filtro para quitar arrugas en Instagram. Se ríe, despacio y luego deprisa, quiere tocar todos los mandos a distancia que hay sobre el sofá. Pero como quiere agarrar los vasos de la cocina o los cables de la lámpara de la esquina. Vuelve a reír, no tiene prisa, se cae y llora, tiene hambre y llora, su vida sigue su curso sin intermediarios.

Veo una película en casa, manta y domingo, afuera la lluvia trabaja sobre el cristal. Rick es el macho alfa de un mundo pasado, hace calor en Casablanca, “¡qué vergüenza, he descubierto que en este local se juega!”, me río otra vez, disfrutando del blanco y el negro de la película, del color de esa vida mágica que transcurre durante el metraje más allá del tiempo.

Así la vida se va haciendo vida, lenta y sustancial, más allá de lo inmediato, de la aplicación por descargar y la notificación por consultar, presente en su hacer, paciente en su esperar.