El populismo somos todos

trumppEl golpe de Trump ha sido devastador, y conviene empezar a encajarlo con dignidad. Occidente es hoy un espíritu herido y desconcertado, y no hay nada más peligroso para un boxeador noqueado que no saber que está en un ring, a los pies del vencedor y con la cara partida. Y occidente, magnánimo y cínico, en plena lona,, se consuela poniendo nombre a lo que le está pasando: populismo.

El populismo, en términos de politología es la política que trata de dar poder al pueblo; la RAE lo define como la tendencia política que dice defender los intereses del pueblo; y la etimología explica que el término populismo deriva del griego populus, sinónimo de demos, del que deriva democracia. Hasta aquí la realidad, y desde aquí el mito. Porque cuando en España se habla de populismo se menta un anatema social, una etiqueta que todos sabemos que es mala y peligrosa, y que sirve para descalificar a cualquier rival político, absolutamente a cualquiera; desde Esperanza Aguirre vestida de chulapa o Cañete subido en un tractor, hasta Pablo Iglesias liderando una manifa o Rajoy prometiendo bajadas de impuestos.

Populismo, en el argot 2016, de la tele a la calle, es proponer soluciones fáciles a problemas difíciles”.

Así de amplio es el campo de batalla populista, porque populismo, en el argot 2016, de la tele a la calle, es proponer soluciones fáciles a problemas difíciles, una especie de sinónimo amplio de demagogia, donde cabe todo lo que está por llegar.

Imaginemos que Donald Trump cumple su palabra en los próximos años; imaginemos que expulsa a diez millones de inmigrantes, que cierra las fronteras, que recorta derechos civiles, levanta un muro en la frontera sur y se alía con Rusia para bombardear Siria de la mano de Assad; y que los número fríos le salen, la economía crece. Sería un xenófobo, un reaccionario y un fascista, pero no sería populista. Recordemos que el populismo, como insulto, es además preventivo.

Vivimos tiempos complejos de entender y ni siquiera hacemos el menor esfuerzo por comprenderlos. Ayudaría no llamar populismo a cualquier movimiento apoyado por mucha gente que no entendemos y nos da miedo. Ayudaría admitir el miedo.

De intentarlo, quizás, descubriríamos que detrás del populismo está el pueblo, al menos en una buena parte, y que su auge responde a la propia democracia; que el populismo es el dedo y el pueblo la luna; que el problema no es Trump y sus fobias, sino que esas fobias son compartidas por sesenta millones de estadounidenses; que el problema no es Le Pen y su discurso, sino el aplauso de tantos; o que el problema no es el Brexit, sino los motivos xenófobos y clasistas de la mitad de los británicos.

El problema es sociológico y se conjuga en las urnas. Porque el populismo es lo que quiere la gente, sea bueno o malo, y lo que la gente quiere y decide es lo que venimos llamando democracia desde los tiempos en que el voto blanco, rural y envejecido de Wisconsin no nos escandalizaba tanto.