Cataluña: el bien y el mal

Tuiteaba el otro día algo que me parece clave para entender lo que está pasando estos días en España: “Que los malos hagan el mal es de esperar. Que los que deben hacer el bien se abstengan de hacerlo es criminal”. Y es que, ante la magnitud política del desafío orquestado desde hace años por el soberanismo catalán, redondeado con la gigantesca mascarada del 1-O, no caben equidistancias posibles. El bien y el mal, a veces, emergen con delicada crudeza. No ocurre mucho, es cierto, y los matices suelen ser los amarres necesarios del analista serio, pero esta vez la realidad nos presenta una oportunidad evidente para tomar partido.

¿Dónde está el bien?, entonces: en el apoyo a la Ley y a quienes la defienden, ya sea el Gobierno -la necesaria crítica debe quedar aplazada-, el poder judicial o las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.

El diálogo solo tiene sentido cuando está orientado a la verdadera comunicación, cuando hay una razón que se comparte, una intención creadora, un propósito mayor que ambas partes se comprometen a perseguir. Ese diálogo auténtico, que fomenta el encuentro, es imposible en las circunstancias actuales. Si una de las dos partes no acepta las reglas del juego más elementales, que en este caso consiste en cumplir las leyes que nos hemos dado, ¿de qué se puede hablar?, ¿qué acuerdo se puede alcanzar con quien ha hecho del desacuerdo su única razón vital?

El problema de nuestra democracia sentimental es que la opinión pública emite veredictos inmediatos y que, por tanto, los actores políticos buscan el refrendo popular con la misma inmediatez. No hay sosiego, análisis, estudio, la razón ha quedado vilipendiada por los escribanos de la posverdad. Los actores políticos que han surgido en ese contexto populista, Podemos en España, necesitan que ese ambiente concreto, ese momento de explosión de la emotividad, propiciada por una imagen manipulada o una mirada reduccionista, se cuele en todos los hogares. Si Podemos está inflamando el bosque es porque quiere quemarlo. De verdad. Es así. Quieren que arda todo y por eso tuitean sin parar, alimentando el escrache diario a la inteligencia que supone la retahíla de eslóganes viscerales cuya veracidad no aguantaría ni el tedioso estadio del mañana. Podemos apoya el golpe al Estado porque su enemigo es el PP, y todo lo que conlleva su destrucción les parece bueno. Por eso alientan irresponsablemente a su gente a mantener encendido el estado de emergencia. Ahí, agazapado en ese emotivismo infantil, pernicioso y pueril, reside el mal.

Que el nacionalismo, esa ideología trasnochada y peligrosa que alimenta los afectos inmisericordemente, actúe en contra de la legalidad… era de esperar. Pero que un partido que dice representar una alternativa nacional a los grandes partidos les apoye con entusiasmo es criminal. Podemos y sus confluencias -políticas y mediáticas- dicen no identificarse con el independentismo, pero sí aprovechan la llama encendida para soplar con fuerza y en todas direcciones, con la esperanza de que ese fuego llegue a Moncloa y desaloje a Rajoy. Les da igual que el presidente lo sea legítimamente, porque ellos no creen en la democracia representativa. Han superado ese estadio propio de la democracia liberal. Están construyendo un mundo nuevo, otra utopía, una revolución que, esta vez, en España, viene envuelta en una bandera estrellada y una lágrima de 140 caracteres.