Universitarios compartiendo piso con gente que dejó de ir a la universidad hace más de medio siglo. Es el revolucionario programa utilizado en Holanda para enriquecer los últimos años de vida de sus mayores. El diario El País se hizo eco de las historias de algunos jóvenes que deciden mudarse a una residencia de ancianos a cambio de una buena conversación.

Sores Duman es holandés y vive con seis estudiantes y 160 mayores que superan los 65 años.

Sores Duman es holandés, tiene 27 años y estudia comunicación en la Universidad de Ciencias Aplicadas de Han en Arnhem (Países Bajos). Su vida universitaria no se diferencia mucho de la de sus compañeros de no ser porque vive en una casa con seis estudiantes más y 160 adultos mayores que superan los 65 años. La residencia Humanitas permite que algunos estudiantes, previa entrevista, tengan una habitación gratuita con la única contraprestación de ser “buenos vecinos”.

El director de la institución, Gea Sijpkes, decidió crear en 2012 un programa que ofreciera un ambiente cálido a los inquilinos de su residencia. La principal obsesión de Sijpkes era que los ancianos tuvieran nuevas experiencias e historias con las que poder mitigar un poco los achaques de la edad. La idea, sin embargo, no es nueva y ya se aplican programas similares en Lyon (Francia), Cleveland (Estados Unidos) y Barcelona.

La idea es que los ancianos tengan nuevas experiencias con las que mitigar los achaques de la edad.

Duman lleva viviendo seis meses en la residencia y su percepción sobre los ancianos es totalmente distinta a la que tenía cuando llegó. “En este corto tiempo he vivido cosas que jamás hubieran sucedido en una residencia estudiantil normal. Me he dado cuenta de que las cosas pequeñas que vivimos diariamente son las que cuentan. Algo que se me ha quedado grabado en la mente es que la muerte no necesariamente es algo malo”, comentó en el diario El País.

Ejercitar la paciencia
La estancia del joven universitario en la residencia de ancianos ha tenido aspectos positivos y le ha servido para ejercitar su paciencia. “Muchas veces, en la vida diaria, actúas tan rápido que el sentido y el sabor de lo que estás haciendo desaparece. En esta residencia, sin embargo, el tiempo transcurre más lento y tienes que aprender a vivir con ello. Caminas más lento, hablas más lento y todo fluye a otro ritmo”, relató Duman.

El contacto con los mayores es libre y no está sujeto a ningún tipo de normas.

Los siete estudiantes que viven en Humanitas están repartidos por los pisos del edificio de la institución. De este modo, todos los jóvenes tienen contacto los ancianos. El contacto con los mayores es libre y no está sujeto a normas, la idea es que cada inquilino de la residencia haga su vida normal intengrando en ella a los demás vecinos. “Puedes visitarlos en su vivienda (cada uno tiene baño, cocina y cama propia) y jugar o simplemente hablar. Si hacemos fiestas siempre los invitamos y rara vez dicen que no. Les encantan”, explicó Sores Durman.

Para el joven holandés la clave de una buena convivencia con los ancianos es no hacer distinciones y tratarlos como iguales. “A las personas mayores no les gusta que los taches de viejos, porque ser mayores no los hace ser menos personas. Harry, por ejemplo, es un hombre de 90 años que ama jugar al ping pong y disfruta mucho cuando cocina con Patrick, otro compañero. Siempre dice que aunque su cuerpo se vea de cierta edad, su mente y su corazón siempre serán jóvenes”, concluyó el estudiante.