Llamados a la libertad

La reinserción social es una realidad a la que se enfrentan los presos al salir de la cárcel. España cuenta con 68 centros que ayudan mediante programas y actividades para mejorar su formación.

Domingo tiene 45 años y, por fin, es libre. Después de cumplir una condena de cinco años por hurto, ha salido de la cárcel para empezar una nueva vida. Durante este tiempo, ha podido pensar en sus errores y arrepentirse de ellos. Ahora, quiere empezar de cero y retomar su trabajo, volver con su familia y cambiar su modo de vida. Tiene mujer y cuatro hijas que le esperan con los brazos abiertos en su casa. También, tiene el deseo de regresar a las aulas, ya que su vocación era la docencia. 

“Mi sueño es volver a las aulas, pero la realidad es que no puedo”, comenta. Domingo ha sido rechazado para trabajar en ocho empleos que ha solicitado. La mayoría de centros le han explicado que lleva mucho tiempo sin ejercer una profesión y que buscan a gente mejor cualificada. Esta es la realidad que viven muchos presos que salen de la cárcel después de cumplir su condena. La reinserción laboral y social no es fácil y alguno de ellos tiene que regresar a trabajos ilegales. 

Según la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias española (SGIP), durante el último cuatrimestre de 2019 salieron de prisión 664 mujeres y 8402 hombres. Muchos de ellos deben enfrentarse a esta situación y encontrar empleo. También, según el Ministerio del Interior, las cárceles cuentan con centros de inserción social y ayudan con actividades y programas que faciliten su incorporación a la sociedad. Además, cumplen una función residencial porque están establecidos en viviendas ordinarias y separados de las prisiones. Así, se sitúan en un entorno social para favorecer su reinserción. También, según la SGIP, España cuenta con 68 centros de este tipo.

Durante la Transición, se observó la urgencia de normalizar algunos temas de la vida pública española y se aprobó la Constitución Española. A través de ella, se establecieron una serie de principios para orientar el funcionamiento de la justicia como la legalidad y proporcionalidad de las penas. Este documento ha marcado unas pautas a seguir sobre la reinserción y, según el artículo 25, las penas privativas de libertad y medidas están orientadas a la reeducación y reinserción social y no pueden consistir en trabajos forzados. Con el paso del tiempo, se han creado normas y leyes que rigen este tipo de actividades. 

“El problema no es tanto la aplicación de este decreto, sino el hecho de que haya personas que no quieran optar por contratar a un expreso”, explica Jiménez. 

Según Francisco Jiménez, profesor del área de Derecho Fiscal y Tributario y rector de la Universidad Católica de Ávila, este artículo se cumple en la actualidad. “El problema no es tanto la aplicación de este decreto, sino el hecho de que haya personas que no quieran optar por contratar a un expreso”, explica. No obstante, piensa que la reinserción es necesaria porque son personas con “deseos y anhelos igual que cualquier ciudadano”. Además, reconoce que las instituciones públicas y privadas proporcionan ayudas para estudiar y formarse. “Por suerte, vivimos en un país donde los presos tienen posibilidad de volver a empezar y no son castigados de por vida”, concluye. 

Marcos Sánchez conoce bien qué es estudiar en la cárcel. Mientras cumplía su pena en el centro penitenciario de Picassent, Valencia, recibió clases de Bachillerato. Gracias a sus notas, consiguió entrar en la carrera de Educación Social. “He aprendido tanto en prisión que quiero dar lo que he recibido”, comenta mientras enseña su diploma. Ahora vive con su familia porque ya ha cumplido su condena. También, trabaja en un centro de menores en Valencia. “Gracias a los profesores de la cárcel he podido formarme y ayudar a que chavales como yo no cometan los mismos errores”, afirma sonriendo.  

Al salir de la cárcel, tuvo problemas para encontrar las prácticas que se necesitan para graduarse. “Muchas fundaciones conocían mi procedencia y no querían que las hiciera con ellos. La fundación Altius se ofreció como institución para ayudarme a hacerlas”, explica mientras enseña fotos con sus compañeros. Marcos cree que muchas personas no entienden su situación. “Es fácil juzgar a alguien por lo que ha cometido y difícil reconocer su arrepentimiento”, añade con lágrimas en los ojos. 

“No por ser un preso eres menos persona”, explica Moya.

Sin embargo, Marcos reconoce que la cárcel fue su hogar durante mucho tiempo y, gracias a los docentes de allí, pudo conseguir su sueño. Raúl Moya es profesor de música en el centro de Picassent y piensa que la formación es necesaria para los presos. “Es importante que sigan estudiando, no solo por su carrera profesional, sino por su salud mental”, explica. Además, piensa que tienen el mismo derecho que el resto de personas a acceder a esta formación. “No por ser un preso eres menos persona. Ellos deben acceder al saber sea cual sea su situación”, añade. “La educación puede cambiar a las personas y creo que la música puede ayudarles en todos los sentidos”, concluye el profesor. 

También, algunas instituciones dedican su labor al acompañamiento de las personas que salen de prisión, como es el caso del Centro Nuestra Señora de la Merced, en Málaga. “Esta casa de acogida nace ante una necesidad porque se detecta que no existen centros específicos en Málaga para personas no tuteladas en prisión”, explica Javier Fernández, educador social que trabaja por esta causa. Su labor es distinta a la de mayoría de centros, ya que no solo ofrecen programas de formación, sino que les ayudan psicológica y espiritualmente en su reinserción. “Primero cubrimos sus necesidades básicas, como el techo o la alimentación, y les ponemos en contacto con otras asociaciones relacionadas con la formación. Sin embargo, lo más importante es el acompañamiento que hacemos en su proceso de reinserción y el regreso a la vida cotidiana”, argumenta. 

Javier reconoce que este tema está “muy estigmatizado”. “Las personas que salen de prisión se encuentran con muchas trabas y heridas que van en su contra. Tampoco hay muchas instituciones que ayuden a esta causa”, añade. También, reconoce que el acompañamiento es “casi” más importante que la búsqueda de empleo porque, en ocasiones, hay “un gran vacío que llenar”. “Se debe dar otra oportunidad porque estas personas han cometido errores y han cumplido su condena. No se puede pagar una condena eternamente”, explica. 

Centro Nuestra Señora de la Merced, Málaga. Fotografía: Pastoral Penitenciaria de Málaga.

María es una joven de Nerja, Málaga, y tiene 24 años. Durante su adolescencia, sufrió muchas dificultades tras la separación de sus padres. La influencia de sus amistades la llevaron a traficar con la droga y vivió cuatro años en la cárcel. “En este tiempo, me he quedado sin amigos y muchos miembros de mi familia no quieren saber nada de mí”, explica en su casa. Ahora, vive en Madrid y, gracias al Centro Nuestra Señora de la Merced de Málaga, ha podido comenzar una nueva etapa. “Personas como Javier me ayudaron a encontrar mi vocación y reorientar mi vida”, reconoce. Además, admite que, al salir de la cárcel, su única preocupación era retomar sus estudios. Sin embargo, se dio cuenta de que había un vacío que los estudios no podían saciar. “Encontrar un sentido a mi vida y al sufrimiento que viví en mi adolescencia ha sido mi salvación”, explica emocionada. 

“La relación es el único modo que permite a un preso ver la vida con otros ojos”, admite la antropóloga.

Algunos especialistas reconocen que encontrar este sentido a la existencia es imprescindible y, sin él, no sirve de mucho tener una buena formación. “Muchos de los presos que salen de la cárcel se sienten indignos y están profundamente heridos”, explica Marta González, antropóloga e investigadora de la Universidad de Salamanca. Además, reconoce que, en ocasiones, la sociedad no sabe acoger a estas personas. “Abandonar la trinchera y abrazar las heridas del otro es violento porque nos obliga a acercarnos a algo desconocido”, admite. No obstante, afirma que es “sorprendente” lo que uno encuentra. “Cuando uno entra en relación con un preso le sorprende la gran humanidad que presenta”, explica. 

“La relación es el único modo que permite a un preso ver la vida con otros ojos”, admite la antropóloga. Además, explica que la vocación de toda persona es la misma. “Cada uno de nosotros estamos llamados a la libertad y habría que preguntarse qué es esto de la libertad”, afirma. También, reconoce que el deseo es común a todos. “Sus corazones tienen un deseo del bien idéntico al nuestro, pero si no los juzgamos con una mirada desarmada, no se puede dar un auténtico encuentro”, añade. 

“Sus corazones tienen un deseo del bien idéntico al nuestro”, explica González.

Marta admite que ellos necesitan algo más que una ayuda económica o una formación. “Necesitan ser abrazados igual que una madre abraza a su hijo cuando sufre; abrazar sus heridas, su pasado, su realidad y su historia, para que ellos puedan también hacerlo”, explica la antropóloga. Además, admite que este es un camino “fructífero”. “Esta es la vía de la esperanza y la auténtica reinserción en la sociedad”, concluye. 

Domingo coincidió con Marta González en un encuentro con más gente que había cumplido penas en la cárcel, y su mirada y acogida han reordenado su vida. Ahora, trabaja en un centro escolar en Madrid y complementa su empleo con la carrera de Humanidades, que estudia en la Universidad Carlos III desde hace cuatro meses. “Nunca creí que lo diría, pero tengo esperanza en el ser humano”, afirma sonriendo. Según Domingo, ha vuelto a nacer y quiere vivir de una forma más “auténtica, plena y verdadera”.