Mujer y terrorista: el último eslabón de Estado Islámico

Las mujeres que integran el grupo del autodenominado Estado Islámico están determinadas como inferiores. Puede ser la de encargada de reclutar a más mujeres, y la de esclava sexual.

Desde Pakistán hasta Arabia Saudí, para acabar viviendo en Estados Unidos. Con 27 años, casada y con un hijo, la vida de Tashfeen Malik transcurría con normalidad, sin que nadie supiera el secreto que la vinculaba con el grupo terrorista Estado Islámico (EI).

El 2 de diciembre de 2015, a las 10.59 h, en el Centro Regional Inland en San Bernardino, se registraron 14 muertos y 22 heridos. Ese fue el resultado de uno de los mayores ataques yihadistas en EE.UU. desde 2012. Malik y su esposo, Syed Rizwan Farook, dejaron a su hijo de seis meses con su abuela y se dispusieron a causar la masacre.

Djamila Boutoutaou y Alexandra Katey son otros dos casos similares al de Malik. La francesa Djamila fue condenada a cadena perpetua por parte del Gobierno de Irak, tras haber sido reconocida como una integrante del grupo terrorista. Mientras, la británica Alexandra perteneció a la célula The Beatles, liderada por Jihadi John y encargada de custodiar y torturar a rehenes occidentales, como el periodista James Foley, decapitado en 2014.

A diferencia de los hombres, las mujeres europeas y árabes que se unen a la yihad apenas reciben reconocimiento. Este hecho se hizo evidente el pasado mes de febrero, tras el estudio que realizó la CNN sobre los atentados desde 2014. En esa recopilación se concluye que, de los 143 ataques, solo está recogido el nombre de una mujer, la ya mencionada Tashfeen Malik.

La relación con el reclutamiento
La experta en yihadismo e investigadora del Real Instituto Elcano Carola García-Calvo expone, en un reciente estudio sobre el Estado Islámico y la mujer, que desde 2013 el número de reclutadas ha aumentado. Algunas de las movilizadas deciden unirse por voluntad propia, mientras que otras son impulsadas y radicalizadas por sus parejas. Los familiares de ciertas jóvenes han relatado que, en varios casos, las chicas eran seducidas por una visión romántica de la vida en el califato.

“Son capaces de ocasionar hasta cuatro veces más víctimas que sus colegas masculinos”, enuncia Avraham.

En el EI, la figura femenina puede ser la de encargada de reclutar a más mujeres, y la de esclava sexual. Las profesoras Carolyn Hoyle, Alexandra Bradford y Ross Frenett, en su obra Becoming Mulan? Female Western Migrants to ISIS, explican que las mujeres que participan en la yihad poseen una gran capacidad para atraer a otras “hermanas” a través de redes sociales mediante la difusión de una visión idílica del propósito de los yihadistas. Asimismo, el hecho de no sentirse identificadas con su entorno y de frustrarse por las dificultades que se encuentran a la hora de practicar su religión facilitan el proceso de reclutamiento. Esta idea también es presentada por la analista Rachel Avraham, quien en su libro Mujeres y yihad, expone que un ataque de las mujeres tiene más cobertura que la de un hombre.

También han sido engañadas mediante vínculos sentimentales para acabar siendo prostitutas esclavas, según recoge una analista anónima del Centro de Inteligencia contra Terrorismo y el Crimen Organizado (CITCO). Asimismo, la experta destaca la dificultad de detectar la radicalización en las mujeres. La idea de relegar al sexo femenino como ciudadanas de segunda clase se ve fundamentada por la ley sharía del islam, del siglo XVIII.

“Hasta con sus propias esposas se portaban igual”, comentó Nadia Murad.

Algunas de ellas son secuestradas en aquellos territorios ocupados por el Daesh en Siria e Irak. Este es el caso de Nadia Murad, recientemene galardonada con el Nobel de la Paz y secuestrada por los yihadistas en 2014. La joven declaró en una entrevista con la BBC en 2016 cómo la secuestraron y abusaron de ella y de niñas que, en ocasiones, tenían 10 años. Murad contó que la mayoría de los individuos que abusaban de ellas estaban casados, y que eso no les condicionaba al realizar la trata de personas.

La Brigada Al-Khansaa
En Raqqa, la antigua capital del autodenominado Estado Islámico, el grupo terrorista creó una unidad policial y religiosa femenina destinada a la formación de las mujeres pertenecientes al grupo terrorista, que inculca las normas de vestimenta, actividad y su rol dentro del califato. Formada por jóvenes de entre 18 y 25 años y liderada por Fatiha el-Mejjati, reciben 25.000 liras sirias (aproximadamente, 185 euros) y manutención a cambio de su trabajo, según expone la profesora Olga Torres en su obra El manifiesto de la brigada al-Jansa sobre el papel de la mujer en el nuevo califato islámico: un desafío al feminismo y la igualdad de género en el mundo árabe.

Torres narra además que, a pesar de no participar directamente en acciones militares, siempre van armadas y el entrenamiento forma parte de su formación. Su presencia por las calles aterroriza a las mujeres, a las que golpean, castigan o detienen por cualquier actividad que no siga su norma establecida.

La brigada femenina publicó en enero de 2015 un manifiesto dividido en tres seccciones. La primera presenta el papel de la mujer musulmana y el modelo de vida según el profeta Mahoma; la segunda estudia la supuesta realidad de una existencia idílica en el territorio del califato; la tercera compara el modo de vida que presentan con el de Arabia Saudí, país al que califican de “Estado hipócrita”.

Según Manuel R. Torres, director del Curso de Experto Universitario en Análisis del Terrorismo Yihadista en la Universidad Pablo de Olavide (UPO), las mujeres apenas pueden salir a la calle y, desde que llegan al califato, “son casi propiedad de los hombres”.