Más de 120 millones de estadounidenses están llamados a las urnas el próximo martes 8 de noviembre. Sin embargo, sus votos no servirán para elegir de facto al sucesor del presidente Barack Obama. Una compleja fórmula de elección, por medio de representantes, hace que Estados Unidos cuente con uno de los sistemas electorales más intrincados de cuantas democracias hay en el mundo.

Como en el caso de España, Estados Unidos es una democracia representativa: los ciudadanos no eligen directamente a su presidente, sino que encargan a una serie de personas que lo hagan por ellos. Mientras en España estos representantes se llaman diputados, en el país norteamericano toman el nombre de Colegio Electoral. Los 176 escaños necesarios para conseguir la mayoría absoluta en España serían los 270 votos electorales en Estados Unidos para proclamarse presidente.

El futuro presidente necesita alcanzar los 270 votos electorales para ocupar la Casa Blanca.

El funcionamiento de los representantes del voto popular es complejo. Los llamados electores son seleccionados por los partidos y conforman una cantidad que varía dependiendo del Estado. Los que más votos electorales tienen son California (55), Texas (38), Nueva York (29), Florida (29), Pensilvania (20) y Ohio (18). El número asignado a cada Estado depende de una fórmula que contabiliza los residentes y el peso con respecto a la población del resto del país.

La máxima de actuación de los electores una vez pasadas las elecciones no es otra que comprometer su voto al resultado de la votación popular a favor de una de las candidaturas a presidente y vicepresidente. Sin embargo, no es extraño el caso en el que votantes electorales hayan cambiado su voto contraviniendo el mandato popular. La decisión del Colegio Electoral se conocerá el 6 de enero de 2017, mientras que el 20 de ese mismo mes el nuevo presidente será investido.

El que gana se lleva todo
Otra particularidad del sistema de elección presidencial en Estados Unidos es que el resultado de los votos populares no se recuenta a nivel nacional, sino Estado por Estado. El candidato ganador del voto popular, el emitido por cada ciudadano, se lleva todos los votos de los representantes de ese Estado. Por tanto, el vencedor de las elecciones no es el que consiga la mayoría de los votos de los ciudadanos, sino de los representantes electorales.

El vencedor del voto popular puede ser distinto al que se convierta en presidente.

De hecho la historia de Estados Unidos cuenta con cuatro procesos electorales en los que el candidato elegido por los ciudadanos directamente no se proclamó presidente. El ejemplo más reciente se remonta al año 2000, cuando el candidato demócrata Al Gore obtuvo la mayoría de los votos de los ciudadanos pero al vencer George W. Bush en Florida, el recuento de votos electorales le convirtió por tanto en presidente de Estados Unidos.

Para conocer quién es el nuevo inquilino de la Casa Blanca habrá que esperar todavía un tiempo, lo que está claro es que algo ha tenido que ver este complejo sistema electoral para llegar a ser la democracia vigente más antigua del mundo.