“¿Quién nos correrá la piedra del sepulcro?”, se preguntaban hace 2.000 años las primeras mujeres que fueron testigos de la Resurrección de Jesús de Nazaret. La lápida que, según la tradición cristiana, sirvió para tapar la sepultura de Cristo durante los tres días que permaneció su cadáver enterrado volvió a ser destapada el pasado 26 de octubre, después de siglos protegiendo el lugar más sagrado del cristianismo.

Un equipo de arqueólogos de la Universidad Técnica de Atenas, en colaboración con la National Geographic Society, destaparon el monumento por primera vez en siglos para descubrir la apariencia de su superficie original. La losa se encontraba protegida durante todo este tiempo dentro de un edículo sagrado en el interior de la Iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén.

En marzo de este año, y como consecuencia de un llamamiento conjunto de las seis confesiones encargadas de la basílica, comenzaron los trabajos de restauración del templo. El Santo Sepulcro venía acusando el paso del tiempo, sin que se tomaran medidas para su saneamiento debido al riguroso statu quo que rige el lugar. Finalmente, el deseo de asegurar el futuro de los lugares santos para las siguientes generaciones de peregrinos se impuso y las obras permitirán un lavado de cara. Se espera que la tumba de Cristo vuelva a estar abierta al público a mediados de 2017.

La lápida que ahora ha sido destapada fue colocada en 1555 para que los peregrinos no se llevaran trozos del lugar como reliquias. Con esta apertura, los arqueólogos que participan en las labores de restauración aseguraron que la tumba de Cristo no había sido desplazada y que las paredes de cal son las auténticas. En 2015, Mirada 21 y un grupo de alumnos de la Universidad Francisco de Vitoria (UFV) pasaron la noche encerrados en el Santo Sepulcro. Así lo contaron:

18835239099_8959bf8b59_kSon las siete y veinte de la tarde en Jerusalén. El sol ha caído hace unos minutos cuando el muecín llama a la oración desde su atalaya. Un grupo de madrileñas corre por las callejuelas del barrio cristiano. Los tenderos recogen sus bártulos, mientras un grupo de popes charlan junto a la puerta de su iglesia. Apenas restan diez minutos para que la familia musulmana encargada, desde hace varios siglos, de echar el cierre al Santo Sepulcro haga lo propio un día más. Saltando de escalón en escalón, las chicas se impacientan por llegar a tiempo. Las jóvenes ansían pasar la noche en el lugar más sagrado del cristianismo, y vivir en primera persona la seducción que irradia la tumba de Jesús de Nazaret.

En la explanada que hay frente al templo, un puñado de peregrinos se prepara para contemplar la ceremonia de clausura. En el interior, los representantes cristianos esperan a que el reloj marque las siete y media en punto. Seis de las jóvenes venidas desde España llegan a tiempo y consiguen entrar. Sin embargo, el grupo no está completo. Tres integrantes se han retrasado lo suficiente como para quedarse fuera. El musulmán se dispone a iniciar la peculiar liturgia cuando un ortodoxo rezagado grita para que no cierren todavía. A un lado, la Policía israelí, que protege el lugar, acompaña los flashes de los curiosos congregados. Al otro, un grupo de 15 peregrinos espera junto a una macedonia de frailes, monjes, sacerdotes y seminaristas con vestimentas de lo más variopintas.

JuanCadarsoMateos70El ‘carcelero’ se sube a una escalera de madera y echa el cerrojo. De allí nadie podrá salir, ni entrar, hasta que sean las cuatro y media del día siguiente. El hombre introduce la escalera por una pequeña ventana que se abre en la puerta principal, mientras en el interior, un fraile franciscano recoge el testigo y la coloca a modo de tranca. El templo queda clausurado. Armenios y ortodoxos vuelven a sus espacios reservados dentro de la basílica. El representante católico se acerca a los peregrinos que pasarán la noche allí y les comenta las estrictas normas que deben seguir. Las españolas levantan su campamento en unos bancos apilados junto a la capilla de la Custodia Franciscana.

Han pasado 20 minutos desde el cierre del templo. Por sorpresa aparece en el interior el musulmán que poco tiempo antes había protagonizado la ceremonia de clausura. Pregunta a las jóvenes por el fraile franciscano encargado del grupo. Nadie sabe dónde está. Un minuto después, un armenio de barba blanca y sotana negra trae consigo a las tres jóvenes que no habían conseguido entrar en un principio.

“El templo queda clausurado. Armenios y ortodoxos vuelven a sus espacios reservados dentro de la basílica”.

Las chicas comentan entre lágrimas las peripecias que han tenido que vivir, atravesando pasillos secretos y escaleras de emergencia. Las muestras de agradecimiento por este hecho, sin precedentes, se multiplican, mientras el armenio observa con simpatía. Por fin, el grupo vuelve a estar completo.

Ha pasado una hora de la clausura y el hambre empieza a pasar factura. Una chica saca un bocadillo y el resto sigue su ejemplo. Sentadas sobre un escalón devoran sus provisiones. Una mujer alemana saca un termo de café y lo ofrece entre las jóvenes. En esta improvisada ‘última cena’, a escasos metros del Santo Sepulcro, las chicas se sumergen en interesantes conversaciones que van de lo divino a lo humano.

JuanCadarsoMateos32La comida se ha acabado y el grupo se disemina por las distintas estancias de la basílica. Las chicas aprovechan entonces para recogerse en oración. Unas rezan sobre la piedra que sustentó el cuerpo de Jesús, otras suben al Calvario para rememorar La Pasión del Señor.

A las once menos cinco de la noche, una procesión de ortodoxos, armados con incensarios de todos los tamaños, recorre el templo de arriba a abajo. El ímpetu con el que marchan hace pensar que aquellos enlutados pertenecen a un ejército de cruzados a punto de tomar Jerusalén. Los peregrinos se tienen que ir cambiando de sitio, si no quieren ser arrollados por la fuerza de unos barbudos que no están dispuestos a que nadie estropee una liturgia con demasiados siglos de historia.

De la capilla de los franciscanos sale un fraile y deja las puertas abiertas. El ortodoxo encargado de incensar los santos lugares hace lo propio con el pilar de la flagelación que custodian los católicos. Al salir, mueve su botafumeiro ante el hierático franciscano. Un gesto de respeto que contrasta con las habituales tensiones que hay entre las distintas confesiones encargadas del lugar.

“El encargado de incensar los santos lugares hace lo propio con el pilar e la flagelación de Jesús que custodian los católicos”.

Son las once en punto y el Sepulcro queda cerrado hasta el día siguiente. Frente al edículo central, los ortodoxos inician un rezo que consiste en la repetición de numerosas oraciones a modo de mantras. A partir de ese momento queda rigurosamente prohibido cruzar por delante de la tumba, bajo pena de llevarse el grito despiadado de un monje con coleta y un manotazo, en este caso, poco ortodoxo.

En una de las plantas altas del templo, en un lugar al que no tiene acceso el visitante, un numeroso grupo de monjes ortodoxos arranca una nueva ceremonia en la que entonan cánticos durante dos horas. En ese mismo instante, en la capilla de los franciscanos, los católicos inician, con las puertas abiertas, el rezo de vísperas. Se inicia entonces un duelo de melodías orientales y latinas que convierten el lugar en un increíble espectáculo de belleza. Los peregrinos contemplan aturdidos el espectáculo. Un par de chicas aprovecha para echar una cabezada sobre unas colchonetas que han encontrado sobre unos bancos.

JuanCadarsoMateos1A la una de la mañana, en el Calvario, un monje griego da martillazos a una madera que hace las veces de despertador. Tres de las chicas se encuentran en la capilla de Santa Elena, la cual según la tradición servía de depósito para las cruces de los que iban siendo ejecutados. Una de las jóvenes inicia en voz alta la lectura de los Evangelios por los episodios de La Pasión. Los versículos retumban en las calcáreas paredes con una solemnidad escénica conmovedora.

El Calvario está tranquilo, una joven genuflexa medita mientras el crepitar de las velas entona una original banda sonora. Bajo el monte en el que se crucificó a Jesús, un muro de piedra encerrado en una vitrina deja ver cómo se rasgó la tierra tras su muerte. La roca, que todavía sorprende a los científicos, tiene una línea de rotura que va de arriba abajo, algo que descartaría un origen sísmico.

“Bajo el monte en el que se crucificó a Jesús, un muro deja ver cómo se rasgó la tierra tras su muerte”.

La noche avanza lentamente, solo queda una hora para que las puertas de la basílica se vuelvan a abrir. Las chicas, que dormían en las colchonetas, han sido descubiertas y el dueño del jergón reclama sus pertenencias. El sueño hace mella en los peregrinos y algunos aprovechan para dormir sobre unos bancos.

A las cuatro de la mañana los armenios toman el control del Santo Sepulcro e inician sus rezos. Uno de ellos, que resulta ser la persona gracias a la cual las tres chicas perdidas pudieron acceder al templo, invita al grupo de madrileñas católicas a participar en su liturgia. Armenios y católicos tienen buena sintonía, frente a los siempre quisquillosos griegos ortodoxos.

11021564_10205864563470221_7898456677192983475_oLos cánticos, que derrochan una energía sorprendente para la hora que es, se intercalan con rezos ininteligibles. Cuando las agujas del reloj marcan las cuatro y media de la mañana el templo reabre sus puertas. Los peregrinos se despiden del Santo Sepulcro. Están cansados, pero contentos de haber vivido en su propias carnes lo que esconde el lugar más sagrado del cristianismo.