El grupo de peregrinos, en la puerta de la Iglesia de Getsemaní en Jerusalén. Imagen: David Palomo Nuñez.

Por Martina María Arizu, Sergio Aguilera y Pablo Taboada

Israel tiene algo especial. Se siente al respirar la calma del Mar de Galilea. Se presencia de primera mano al ver a judíos, cristianos y musulmanes convivir en Jerusalén. Se comprueba al contemplar el inicio del sabbat en el Muro de las Lamentaciones, justo debajo de la impresionante Cúpula de la Roca. Se experimenta cuando el silencio del rocoso desierto de Judea invade el alma. Se vive cuando, con el corazón abierto, se canta Más Allá en la Iglesia de Getsemaní, en el ascenso al Monte Tabor o al entrar en el imponente templo del Santo Sepulcro, donde fue enterrado Jesús. Hay tantos “cuándo” que, si se le pidiese un resumen a cualquier integrante de la última peregrinación de la Facultad de Comunicación de la UFV, necesitaría, al menos, una hora para poder contar unos pocos detalles.

El martes 2 de abril empezó en el aeropuerto madrileño de Barajas. En la Terminal 4, desde primera hora de la mañana, se reunieron los 31 alumnos y los seis profesores que esperaban expectantes la salida del avión hacia Tel Aviv. La alegría de Paula Puceiro, directora de la Facultad de Comunicación y organizadora de la peregrinación, que fue en aumento durante el viaje, y alegró las vidas de los peregrinos con su inagotable sonrisa, así como el entusiasmo y la entrega que desde el principio mostraron el P. Florencio Sánchez L.C., y los docentes Miguel Ortega, Ángel Barahona, Ana del Valle y Laura Zazo, dejaban entrever que el viaje que estaban a punto de emprender era verdaderamente transformador. Tras casi cinco horas de vuelo, y con una hora más, los  peregrinos llegaron a la segunda ciudad más grande de Israel. Allí los esperaba Bassam, el conductor de autobús que los acompañó durante el resto del viaje, para trasladarlos a la región de Galilea.

Tierra Santa. Imagen: Rocío Correa

La peregrinación empezó esa misma noche la orilla del Mar de Galilea. Allí, cada uno de los presentes compartió sus motivaciones y objetivos para hacer el viaje. Tras una noche de descanso, el miércoles comenzó con la profundización de los peregrinos en la vida pública de Jesús y el comienzo del camino tras sus huellas. La eucaristía en el Monte de las Bienaventuranzas fue el inicio de una jornada que marcó el principio de un camino de descubrimiento de la vida de Cristo, reflexión y paz.

El tiempo de silencio en una barca en el medio del agua, las catequesis, de la mano del padre Florencio Sánchez L.C., Ángel Barahona y Miguel Ortega, docentes de la UFV, y la contemplación de los momentos más importantes de la juventud de Cristo ayudaron a los peregrinos a comenzar a caminar.

El jueves, los ansiosos caminantes recorrieron la infancia de Jesús y se adentraron en profundidad en el camino vital de la Virgen María, su madre. Al comenzar la jornada, los viajeros emprendieron camino a Caná, donde pudieron reflexionar sobre el rol de la Virgen en la vida pública de Jesús. Después, llegó el turno de Nazaret, allí los peregrinos meditaron en torno a los acontecimientos de su vida y el sí que, para los cristianos, cambió el curso de la historia. 

La visita a Nazaret fue idónea para pensar en San José, el padre de Cristo. La reflexión en torno a su entrega constante y silenciosa fue la base para que, de la mano del profesor de Antropología Miguel Ortega, los peregrinos pudieran pensar en sus propios padres y más de uno derramara alguna lágrima.

Para seguir el desarrollo de la vida de Cristo y sus primeros años, los miembros de la UFV, se trasladaron a Palestina, a la ciudad de Belén, lugar del nacimiento de Jesús. Allí siguieron las huellas de su infancia y tuvieron la oportunidad de continuar ahondando, en la Basílica de la Natividad, sobre la figura de María. En definitiva, esta ciudad Palestina fue un lugar de contemplación y reflexión a la luz de la Sagrada Familia.

Una de las vistas de la ciudad de Belén. Imagen: Esther Lence.

Para terminar la tercera jornada de viaje, los caminantes tuvieron, ya en Jerusalén, la posibilidad de conversar con Mario Sznajder, profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén, sobre la actual situación político-religiosa de Israel. 

El viernes, los peregrinos comenzaron a adentrarse en la Pasión de Cristo. Lo hicieron a primera hora de la mañana, con una visita al Cenáculo, lugar de la institución de la Eucaristía. Después de la celebración de la misa diaria, se acercaron a la Basílica de la Dormición, donde hicieron un alto en el camino para volver a recordar y pensar en la Virgen María.

Para volver sobre los momentos de la agonía y Pasión de Cristo, y empezar a profundizar en ellos, se acercaron a la Iglesia de San Pedro in Gallicantu, antigua casa del sacerdote Caifás, donde Jesús estuvo prisionero antes de su muerte. Allí, sentados dentro de la prisión, reflexionaron sobre qué significaba la entrega de la vida de Cristo.

Esa tarde estuvo marcada por un momento de comunión y oración en Getsemaní, donde los peregrinos tuvieron la oportunidad de rezar y cantar dentro de la iglesia emplazada en el lugar donde Jesús fue entregado por Judas a los sumos sacerdotes. Comenzaba así el camino de su Pasión y muerte.

Al volver del Monte de los Olivos, los viajeros recorrieron Jerusalén hasta llegar al Muro de las Lamentaciones, donde tuvieron la posibilidad de presenciar las oraciones de sus hermanos judíos, en vísperas de sabbat, y experimentar de primera mano la profundidad de las plegarias de sus padres en la fe.  

Uno de los vitrales de la Iglesia de Getsemaní en Jerusalén. Imagen: David Palomo Nuñez.

Después de un merecido descanso, el sábado por la mañana, los ya entrenados peregrinos recorrieron Jerusalén recordando las 14 estaciones de la Pasión de Jesucristo y reflexionando de la mano de los docentes que acompañaban, cada uno de los momentos del sufrimiento de Cristo. Además, analizaron cómo cada uno de ellos impactaban en sus propias vidas.

De allí, se trasladaron a la frontera con Jordania, a orillas del río Jordán, donde, al compás de Ven Espíritu, ven y con un clima de comunidad y familia, renovaron sus promesas bautismales. Una vez vivido este momento, emprendieron todos camino al Mar Muerto, donde disfrutaron de un rato de esparcimiento y risas dentro de sus saladas aguas. Vestidos nuevamente de peregrinos, y buscando a su caminante interior, se dirigieron al desierto de Judea.

Allí, Ángel Barahona se encargó de preparar uno de los platos más fuertes del viaje. El director del Grado de Humanidades impartió una catequesis sobre el sentido de la vida y las tres tentaciones de Jesús, el pan, la historia y los ídolos. La voz del filósofo era tan intensa que las profundidades del desierto se vieron obligadas a repetir las palabras de Barahona. Después del coloquio, imperó el silencio. En tan solo unos segundos, los peregrinos, atraídos por el relieve desértico, desaparecieron entre el conjunto de depresiones y laderas, en busca de un enfrentamiento contra la mudez de su entorno. Algunos lo hicieron sentados, otros tumbados o andando, pero todos acabaron psicológicamente agotados.

Después del profundo silencio del desierto de Judea, y de saciar el hambre de los peregrinos, fue momento de compartir con el grupo las experiencias con los sentimientos a flor de piel. Uno por uno fueron llenando un vaso de lágrimas que, inevitablemente, desbordó. Solo el padre Florencio Sánchez L.C., Ángel Barahona y Miguel Ortega, que ya son unos veteranos en las peregrinaciones, y algún otro peregrino fueron capaces de escapar del callejón de las lágrimas. La experiencia de esos días quedó perfectamente resumida en las palabras de Alberto Gónzalez, estudiante de Periodismo y Comunicación Audiovisual, quien afirmó: «querer creer ya es un paso». 

Momento de reflexión y silencio en el Desierto de Judea. Imagen: Álvaro Miranda.

El domingo, día final del peregrinaje, comenzó temprano en la puerta del Santo Sepulcro. Allí, presenciaron la comunión de las religiones cristianas, además de disfrutar de su belleza y diversidad. Con la celebración eucarística en el Monte Calvario, broche de oro del camino, pudieron experimentar las consecuencias del acto de amor que, para la Iglesia, hizo Jesucristo al entregarse y morir por cada uno de ellos en ese monte. Además, recorriendo los rincones del Santo Sepulcro descubrieron la promesa de resurrección de la que hablaban esos muros.  

Durante la tarde final, los ya nostálgicos peregrinos recorrieron los últimos rincones de Jerusalén e hicieron las compras de rigor para llevar a sus familias, antes de emprender camino al aeropuerto. El avión que elevó sus alas en Tel Aviv puso fin a una experiencia  transformadora. Esta vivencia, al terminar, abrió la puerta al inicio de un camino que seguramente marcará la vida de esos peregrinos que dejaron Madrid una semana antes como individuos separados y regresaron como una familia.